50 años, 50 amigos: Pablo Bedrossian


“Fue uno de los momentos Kodak de la vida”. La frase, soltada por Pablo Bedrossian, mientras nos despedíamos con un abrazo en una esquina porteña, resumía, con ese famoso y antiguo lema publicitario del gigante fotográfico caído en desgracia, nuestro encuentro por mis 50 años en la noche del 6 de septiembre de 2014.

Pablo me había propuesto el día anterior por correo electrónico encontrarnos por mi cincuentenario. Es uno de los 50 amigos que elegí para celebrar ese aniversario en reuniones individuales (más sobre esta idea en esta nota). Había llegado a Buenos Aires procedente de San Pedro Sula, la ciudad hondureña donde vive hace 12 años junto a su esposa Graciela y su hija Sofía, para visitar a sus padres. Era un viaje muy concentrado en el plano familiar y me pidió que no divulgara nuestra reunión hasta luego de su regreso a Honduras para no generar reacciones entre sus amigos y conocidos.

Por supuesto, acepté la propuesta. Pablo es uno de los amigos que elegí y que vive fuera de Buenos Aires. Me llamó y me dio la opción de elegir el lugar del encuentro con la condición que fuera en el barrio porteño de Belgrano, donde después de nuestra reunión iba a cenar con un matrimonio amigo.

Busqué el café en la aplicación 54 Bares en mi teléfono móvil, y llamé a Pablo con la elección: Capisci, una confitería tradicional al lado del templo de la Parroquia Inmaculada Concepción, más conocida como “La redonda” por su cúpula.

Capisci es un café con estética “ochentosa” y algo ruidoso, lleno de familias con niños y grupos de amigas de más de 40 años de edad. En una mañana de sol es un lugar ideal para desayunar. Pero un sábado al atardecer es bullicioso. Gracias a Dios conseguimos una mesa tranquila al lado de una pared de vidrio que separa al salón principal del sector fumador. Allí hablamos entre las 19.15 y las 21.30 sobre un montón de temas.

¿Montón de temas? La frase no suena exagerada con Pablo, nieto de un sobreviviente del genocidio armenio. Es médico, ejecutivo de empresas farmacéuticas, consultor de empresas especializado en marketing y gestión corporativa, periodista (compartimos la redacción de la revista Visión Joven y colabora con sus opiniones y aportes en Pulso Cristiano), gran fotógrafo de animales, viajero incansable, músico (tuve el honor de compartir escenario con él algunas veces) y compositor de canciones (más información y videos sobre esta faceta musical en estas notas en este blog).

Además de encarnar esas condiciones enumeradas en el párrafo anterior, Pablo es como un ángel que me envió Dios y que me acompaña desde el 11 de octubre de 2008. Ese día éll estaba junto a mí cuando me enteré a través de un llamado telefónico de la muerte de María, mi hija mayor. Junto a David Kohler, quien también estaba presente en ese momento, Pablo me sostuvo con sus palabras, sus silencios, su compañía y su oración.

Luego que una moza joven nos trajera una lágrima de café para él y un café cortado para mí, nos pusimos al día. Pablo me contó que a sus 55 años tomó tres decisiones para crecer en su vida: asumir riesgos laborales, estar con las personas que más quiere, y viajar para conocer lugares aún no visitados (si mal no recuerdo, me dijo que ya conoce más de 60 países…).

En consonancia con esas decisiones, en 2013 dejó la industria farmacéutica, donde había trabajado por algunas décadas, y hoy trabaja en el asesoramiento y entrenamiento de habilidades corporativas de altos ejecutivos de empresas. Y ese mismo año recorrió Alemania, Austria, Hungría y Rumania.

 

Delgado, gracias a su práctica cotidiana del aerobismo, con la cara afeitada donde asoman algunas veces unos anteojos redondos a lo John Lennon aunque con marcos más gruesos que los del ex integrante de The Beatles, con una camisa de blanco inmaculado, Pablo no tiene en su habla una sola marca de acento centroamericano, pese a que vive hace más de 10 años en ese subcontinente. Tampoco usa palabras de esa región. Pareciera que nunca se fue de Buenos Aires, su ciudad natal y adonde alguna vez volverá a vivir, según me contó.

Al igual que su hermano Alejandro, otro mis invitados por mis 50 años, con Pablo no nos detuvimos mucho tiempo en anécdotas de tiempos pasados. A lo sumo fuimos para atrás pero para extraer enseñanzas para el presente y el futuro de nuestras vidas. Coincidimos que para crecer no debíamos caer en la nostalgia de esas viejas imágenes en papel fotográfico Kodak, esa nostalgia del “todo tiempo pasado fue mejor” y que se convierte en un lastre existencial. Pablo y yo creemos que “Dios ha preparado para los que lo aman cosas que nadie ha visto ni oído, y ni siquiera pensado”.

4 comentarios en “50 años, 50 amigos: Pablo Bedrossian”

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