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Jesús no murió por mí


Tiempo de Pascua.
Tiempo de rituales repetidos
y de palabras dichas mil veces.
Tiempo de silencios de muerte,
de ayunos, de promesas y de procesiones.
Tiempo de euforia que se contiene,
porque parece pecado anticipar el final
que ya conocemos
y que debería inundar todo de vida.
Tiempo de superficialidad e hipocresías:
“¡Felices pascuas!”
Tiempo de iglesias que de mil maneras diferentes
pero de mil maneras tan iguales
no saben decir otra cosa que lo que siempre se ha dicho:
“Jesús murió por nuestra salvación”.
Pero, ¿sabés qué?
Jesús no murió por mí.
Jesús murió a causa de la cobardía,
la ambición, la soberbia, el amor al poder,
de quienes no entendieron su mensaje,
de quienes le temían a lo nuevo,
de quienes se habían construido un dios a su propia medida,
de quienes no aceptaron su propuesta de vida en plenitud
no para unos pocos, sino para todos y todas.
Aquella muerte no salvó a nadie,
ni siquiera a quienes creían que se iban a salvar de Jesús.
Lo que me salvó y te salvó
y sigue salvando
es aquel Jesús que se hizo persona,
que se identificó con la gente,
que fue bebé y lloró,
que fue niño y jugó,
que creció y trabajó,
que fue llamado a una misión y la asumió,
que se detuvo ante el dolor de otros y otras,
que fue solidario en gestos, en palabras, en acciones,
que no calló lo que debía ser dicho
y que, aún temiendo, siguió adelante,
por amor, por puro amor.
No fue su muerte, tan cruel e injusta.
¡Fue su vida!
Si la muerte fuera salvadora,
¿qué sentido tendría la resurrección?,
¿con qué razón celebraríamos la Pascua?
La muerte no salva,
aunque se escandalice la teología.
Salva la vida.
Por eso la resurrección es el gran anuncio,
es el gran tema, es la gran noticia de este tiempo.
Por eso la piedra se corre, la tumba se abre
y se oyen pasos en el huerto.
Dios resucita a Jesús
para condenar eternamente a la muerte,
para anunciar que la VIDA triunfa
y que la fe en ese Jesús que vive,
que vence a los mercenarios del terror,
es la que salva y la que libera.
Lo dice Pedro, con tanta claridad:
“a ese mismo Jesús a quienes ustedes crucificaron,
Dios lo ha hecho Mesías y Señor”.
Jesús no murió por mí.
¡A Jesús lo mataron!
Jesús murió porque lo torturaron con saña,
porque lo quisieran desaparecer y hacer callar,
y porque lo mataron los poderosos de siempre.
Jesús sí nació por mí.
También vivió por mí,
enseñó, sanó, perdonó, amó y resucitó por mí.
Y por vos y por cada persona.
Jesús no murió por mí
ni por vos ni por nadie.
Tal vez algún día
dejemos de honrar su muerte
para empezar a celebrar su VIDA.

Autor: Gerardo Oberman.
Fuente: Red Crearte.

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