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En la era de la hiperconectividad, la seguridad de la información trasciende las preocupaciones corporativas para convertirse en una defensa diaria en el bolsillo de cada persona.

Mientras la atención se enfoca en amenazas visibles como el phishing o las estafas en WhatsApp, una modalidad de ciberataque silenciosa y técnica se mantiene vigente: el «bluesnarfing».

Este ataque utiliza la tecnología Bluetooth como un punto ciego para la intrusión, representando un grave desafío a la privacidad individual.

A diferencia de otros métodos que requieren interacción de la víctima (como hacer clic en un enlace), el bluesnarfing opera de forma furtiva, explotando vulnerabilidades técnicas para extraer datos sin consentimiento ni rastros aparentes.

La anatomía del ataque: Cuando el Bluetooth se vuelve una amenaza

El término bluesnarfing combina «Bluetooth» con «snarf» (argot informático para extraer información sin permiso). No es una simple molestia, sino una intrusión profunda. Un atacante puede acceder a elementos críticos del dispositivo, tales como:

  • Agenda de contactos.
  • Mensajes de texto y correos electrónicos.
  • Calendarios.
  • Galería de fotos y contraseñas almacenadas, en los casos más graves.

La mecánica es alarmantemente sencilla para un delincuente: utiliza software especializado para escanear dispositivos con Bluetooth activado.

Una vez identificado un objetivo vulnerable, aprovecha fallos en el protocolo de intercambio de datos (OBEX) para establecer una conexión invisible.

En dispositivos mal configurados o con software desactualizado, esta conexión se logra sin que el usuario reciba notificaciones ni deba dar su consentimiento.

Distinción crucial: Del «bluejacking» al delito informático

Es fundamental diferenciar el bluesnarfing de su antecesor, el bluejacking. Popularizado a principios de los 2000, el bluejacking era una «broma» tecnológica que consistía en enviar mensajes o tarjetas de visita anónimas (molesto, pero inofensivo).

El bluesnarfing es un delito informático con intención de saqueo de datos. El atacante no busca interactuar, sino convertirse en un «usuario fantasma» dentro del sistema, facilitando el robo de identidad y el espionaje, especialmente cuando el celular contiene información bancaria y laboral sensible.

Riesgo en espacios públicos: El factor proximidad

Aunque es una amenaza digital, el bluesnarfing está limitado por la distancia del Bluetooth (tradicionalmente 10-15 metros). Sin embargo, el uso de antenas direccionales de alta ganancia ha ampliado este rango, convirtiendo a los centros de transporte y ocio en «zonas de caza» ideales.

Aeropuertos, estaciones de tren, cafeterías concurridas y centros comerciales son escenarios perfectos, ya que la gente mantiene su Bluetooth activo para auriculares o relojes inteligentes. En estos «mares de datos», el atacante puede robar información crucial mientras la víctima espera un café o un vuelo.

Vulnerabilidades técnicas: El legado y la fragmentación

La persistencia del bluesnarfing se explica por la fragmentación tecnológica. Millones de dispositivos antiguos o de bajo costo siguen utilizando versiones vulnerables del protocolo.

Además, incluso dispositivos modernos fueron afectados por fallos críticos como BlueBorne (2017) o vulnerabilidades más recientes (CVE-2023-45866), que permiten a los atacantes saltarse la autenticación y lograr el acceso no autorizado a nivel de administración. El problema se magnifica en el ecosistema de la Internet de las cosas (iOT, sigla en inglés).

Cinco señales de alerta para detectar lo invisible

Dado que el ataque es silencioso, la detección requiere observar el comportamiento del dispositivo:

  • Drenaje anómalo de energía: La transferencia constante de datos consume batería. Una pérdida de carga drástica sin uso intensivo es una señal.
  • Sobrecalentamiento injustificado: El procesamiento oculto genera calor. Un dispositivo caliente mientras está inactivo podría estar sufriendo una extracción de datos.
  • Comportamiento errático del sistema: Lentitud, cierres inesperados de aplicaciones o fallos pueden ser subproductos de la interferencia del atacante.
  • Archivos o mensajes extraños: La aparición de capturas de pantalla no realizadas por el usuario o mensajes enviados sin su conocimiento indican una intrusión consumada.
  • Historial de conexiones desconocido: Encontrar nombres extraños en la lista de «dispositivos vinculados» es la prueba definitiva de acceso no autorizado.

Estrategias de defensa: Blindar nuestro espacio digital

Protegerse del bluesnarfing requiere hábitos de «higiene digital» rigurosos:

  • Desactivar el Bluetooth: Es la medida más efectiva. Mantenerlo encendido «por si acaso» es dejar una puerta abierta en un lugar concurrido.
  • Configurar la visibilidad: Los dispositivos deben configurarse como «no detectables» o «invisibles». Esto permite el funcionamiento de periféricos ya vinculados, pero impide que extraños detecten el equipo.
  • Actualización constante: Ignorar los parches de seguridad de Android o iOS es rechazar el escudo contra las vulnerabilidades recién descubiertas.

Conciencia y responsabilidad del usuario

A medida que la conectividad Bluetooth se vuelve esencial (pagos sin contacto, interacción con IoT), la amenaza del bluesnarfing exige una reflexión sobre la responsabilidad individual. El usuario es el último eslabón de la cadena de protección.

La educación digital es la única forma de neutralizar ataques que, aunque técnicos, se aprovechan de la complacencia humana. El bluesnarfing nos recuerda que en el mundo digital, la privacidad debe defenderse activamente con cada ajuste de configuración.

El objetivo no es generar pánico, sino conciencia. Al entender que las señales de radiofrecuencia son una extensión de nuestra vida privada, podemos tratarlas con la cautela que merecen. La tecnología ofrece libertad, pero solo la seguridad garantiza que esa libertad no se utilice en nuestra contra.

Nota de R.: Este artículo acerca del bluesnarfing fue publicado originalmente en iProfesional


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César Dergarabedian

Soy periodista. Trabajo en medios de comunicación en Buenos Aires, Argentina, desde 1986. Especializado en tecnologías de la información y la comunicación. Analista en medios de comunicación social graduado en la Universidad del Salvador. Ganador de los premios Sadosky a la Inteligencia Argentina en las categorías de Investigación periodística y de Innovación Periodística, y del premio al Mejor Trabajo Periodístico en Seguridad Informática otorgado por la empresa ESET Latinoamérica. Coautor del libro "Historias de San Luis Digital" junto a Andrea Catalano. Elegido por Social Geek como uno de los "15 editores de tecnología más influyentes en América latina".

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