De la huella biológica a la digital


En la actualidad, excepto por un muy pequeño porcentaje de la población mundial, todos vivimos de manera simultánea en dos mundos.

Un mundo es el físico, en el cual las distancias nos limitan, los horarios definen nuestros espacios de relacionamiento y donde nos podemos enfermar.

El otro mundo es el digital, donde las distancias no existen, nuestro espacio de relacionamiento no está sujeto a ningún horario y si nos enfermamos (por un virus informático) simplemente lo arreglamos o utilizamos otro dispositivo para continuar viviendo en ese mundo virtual.

El hecho de vivir en dos mundos de manera simultánea, plantea por definición un conjunto enorme de similitudes, pero también varias diferencias e incluso contradicciones entre aquello que esperamos y lo que realmente sucede.

Empecemos reconociendo que los seres humanos somos únicos e irrepetibles; en consecuencia, tenemos una huella biológica que nos diferencia del resto de las personas.

En el mundo físico, utilizamos esa huella biológica (reconocimiento facial, huella dactilar, etc.) para demostrar que somos quienes decimos ser (identidad) y a partir de eso conseguimos un documento de identificación (cédula, pasaporte, etc.) que nos relaciona como individuo a dicha huella.

Todo lo que hagamos a lo largo de nuestras vidas. Por ejemplo, entrar o salir de un país, abrir una cuenta bancaria, comprar, vender, registros médicos, etc. serán eventos que quedarán asociados a nuestra huella biológica (identidad).

Incluso los objetos que tocamos quedan impresos con nuestra huella biológica; así que podríamos decir que somos lo que hacemos y decimos en nuestro mundo físico.

En el mundo digital por su lado, nuestra identidad es algo más difusa y excepto que utilicemos la firma digital a través de una autoridad certificadora reconocida que valide que nuestra identidad digital (clave privada) corresponde a nuestra identidad física (documento de identificación), no hay forma de saber a ciencia cierta que somos quienes decimos ser.

A diferencia del mundo físico, en el mundo virtual no nacemos con una huella digital, sino que ésta se va conformando a lo largo del tiempo y como resultado de lo que hacemos, consumimos y creamos en la red de redes.

El tipo de redes sociales que utilizamos, lo sitios en los que nos registramos, lo que leemos, lo que compramos, las fotos que subimos, los artículos que escribimos, nuestras opiniones en los foros, los sitios que accedemos, las veces que accedemos a esos sitios, el tiempo que pasamos en una página e incluso lo que buscamos en Internet.

Todo forma a lo largo del tiempo una huella digital que dice mucho de nosotros, de hecho, más de lo que podríamos imaginar.

En otras palabras, incluso este mismo artículo que estoy escribiendo está conformando una pequeña parte de mi huella digital y la del lector, en mi caso por escribirlo (crearlo) y en el del lector por leerlo (consumirlo).

Así como cuidamos lo que hacemos con nuestra huella biológica en el mundo físico, debemos hacer lo mismo con nuestra huella digital.

En una red distribuida donde la información no está controlada o gobernada más que por buenas intenciones y promesas de cuidar los datos de los internautas, debemos tener especial cuidado.
Internet desafía a la física, porque en el mundo virtual, no todo lo que sube a la red, bajará por su peso específico.

Las migajas que vamos dejando por nuestro paso en el mundo digital son fundamentales para mejorar nuestras vidas en el mundo físico; ya que genera valor de formas que no imaginábamos.

Por ejemplo; a través del “data analytics” y “data predictive” se podría identificar en tiempo real el brote de enfermedades en ciertas partes del mundo, ya que la huella que dejan las miles de búsquedas sobre un determinado síntoma en una zona específica del planeta en un periodo de tiempo acotado podría presumir el brote de una enfermedad.

Como este caso, existen miles de otros que podrían ser utilizados por un bien común o para el desarrollo de negocios; como ser la venta de paquetes turísticos que parecen llegar a nosotros como si leyeran nuestras mentes.

Esto es en realidad porque nuestra huella digital incluyó lo que escribimos en Facebook sobre conocer un determinado sitio del planeta y eso fue cruzado con la foto que subimos a Instagram con unos amigos que se fueron a “vacacionar” a Bangkok, que a su vez está relacionado con el “retweet” (reenvío de un mensaje en Twitter) de una compañía hotelera famosa que ahora tendrá presencia en Tailandia, que también toma en consideración nuestros últimas evaluaciones de hoteles utilizados que hicimos en Tripadvisor y que por último tiene mucho que ver con que buscamos en Google la semana pasada sobre seguros de viajeros con cobertura en Asia.

Como se puede apreciar, está todo ahí mismo, en la red de redes y subido por nosotros mismos.

Seguramente decimos más de lo que quisiéramos, pero lo cierto es que todos esos datos son los que realmente permiten que podamos tener una experiencia diferenciadora en el mundo digital.

Los datos son y serán siempre, la semilla sobre la cual crecerán nuevos productos y servicios; porque solo de los datos podemos saber de manera consciente lo que de manera subconsciente deseamos.

Como en todos los órdenes, se necesitan balancear los beneficios y los riesgos.

Distintos países comenzaron hace poco más de 10 años, a desarrollar e implementar regulaciones en materia de protección de datos personales (es aquella parte más delicada de nuestra huella digital).

Estas regulaciones obligan a las empresas que almacenan datos personales sensibles (temas médicos, orientación sexual, religión, etc.) a implementar las medidas de seguridad necesarias en el cuidado (que no sean robados), el tratamiento (se utilicen para lo que fueron recolectados o solicitados) y la eliminación (sean borrados cuando ya no son requeridos o bien porque lo solicita el usuario).

Este último aspecto es fundamental; ya que estas leyes incorporan el concepto de “right to be forgotten” o “derecho a ser olvidado”, que nos habilita que nuestros datos sean “bajados – eliminados” de sus sistemas informáticos (sean estos “on premise” o “cloud”).

Cuando más digitalizadas están nuestras vidas, más nos alejamos de nuestra huella biológica y nos convertimos en un punto más de la red de redes que va dejando un rastro digital sobre nosotros, como individuos que vivimos en un mundo físico.

En definitiva, somos nuestra huella digital tanto como somos nuestra huella biológica.

Pablo Anselmo 

Socio de PWC Argentina, director general de informática de la región Sudamérica habla hispana de PWC.

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