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Durante décadas, la tarjeta de crédito fue el símbolo máximo de libertad para el viajero. Sin embargo, en el actual ecosistema de ciberseguridad, ese rectángulo de plástico con números impresos se convirtió en un eslabón débil, una reliquia vulnerable frente a las sofisticadas tácticas de fraude global.

La decisión más inteligente hoy al cruzar la frontera no es llevar la tarjeta en la billetera, sino dejarla bajo llave en la caja fuerte del hotel y confiar el consumo diario al celular.

La fragilidad del dato estático

El principal problema de las tarjetas de crédito y débito convencionales radica en su naturaleza «estática». Al observar un plástico, cualquier persona —o cámara de seguridad — puede ver los 16 dígitos, la fecha de vencimiento y el código CVV.

En destinos turísticos de alta rotación, como por ejemplo Río de Janeiro, Madrid o New York, el riesgo de «skimming» (clonación) es una amenaza latente.

Un descuido de segundos al entregar la tarjeta en un restaurante permite que un tercero capture estos datos, que luego son vendidos en mercados negros digitales para realizar compras fraudulentas.

A esto se suma el riesgo físico. El extravío de una billetera en el extranjero desencadena una pesadilla burocrática: llamadas internacionales a centros de atención al cliente, bloqueos que pueden tardar en procesarse y la angustia de quedarse sin medios de pago en medio de un viaje. El plástico, en esencia, expone toda la información necesaria para el robo con solo ser visto.

Tarjetas de crédito celular

La «bóveda digital»: Tokenización y biometría

Frente a la vulnerabilidad del plástico, el celular emerge como una fortaleza financiera gracias a dos pilares tecnológicos: la tokenización y la autenticación biométrica.

Cuando vinculamos una tarjeta a billeteras digitales como Apple Pay o Google Wallet, el número real de la tarjeta (el PAN) desaparece del proceso de transacción. En su lugar, el sistema genera un «token»: un número virtual único y encriptado que se utiliza para esa operación específica.

Si un delincuente lograra interceptar la señal durante un pago en un café, obtendría un código que carece de valor para cualquier otra compra. Es, en términos sencillos, como si el banco cambiara la cerradura de nuestra cuenta en cada transacción.

La biometría añade una capa de seguridad física infranqueable para los delincuentes. Una tarjeta física puede ser utilizada por cualquier persona en comercios que no solicitan PIN para montos bajos.

En cambio, el celular requiere el rostro (Face ID) o la huella dactilar del dueño para habilitar la antena NFC (sigla por comunicaciones de campo cercano). Sin la presencia física del usuario y su identidad biológica, el dispositivo es inútil para realizar pagos.

La Argentina en el mapa de los pagos sin contacto

Este cambio de paradigma no es ajeno a los usuarios argentinos. Desde 2023, el Banco Central de la República Argentina (BCRA) impulsa normativas para estandarizar la tokenización y fomentar los pagos sin contacto.

Actualmente, la gran mayoría de las entidades bancarias del país son compatibles con las principales billeteras globales, permitiendo que los viajeros operen en el exterior con la misma fluidez que en un comercio local, utilizando pesos o dólares según su configuración, pero con una protección muy superior.

Incluso en situaciones donde no hay conexión a Internet (como en el metro de Londres o en una zona rural de Italia), el sistema sigue funcionando.

Los tokens se generan localmente en el chip seguro del celular y se sincronizan una vez que el dispositivo recupera señal, eliminando la dependencia del Wi-Fi para pagar.

Consejos para un viaje blindado

Para los viajeros que decidan dar el salto hacia la billetera digital, se recomienda seguir una serie de pasos críticos antes de despegar:

  1. Configuración previa: No esperes a llegar al destino. Vincula tus tarjetas en casa, verifica la identidad mediante los métodos que solicita tu banco (SMS o aplicación) y realiza una compra de prueba.
  2. Alertas en tiempo real: Una de las mayores ventajas del celular es la notificación instantánea. A diferencia del resumen mensual de la tarjeta, el celular avisa en el acto sobre cada consumo. Si detecta un cargo sospechoso en una moneda que no reconoce, puede bloquear la tarjeta desde la aplicación del banco en segundos.
  3. El protocolo de pérdida: En el caso remoto de perder el celular, las herramientas como «Buscar mi iPhone» o «Encontrar mi dispositivo» de Google permiten no solo localizar el equipo, sino borrar de forma remota toda la información financiera. El ladrón se queda con un trozo de metal bloqueado, mientras que tus datos permanecen a salvo en servidores de acceso remoto (computación en la nube).
  4. Higiene digital: Mantén el sistema operativo y las aplicaciones de pagos actualizadas en el celular. Los parches de seguridad mensuales son los que cierran las brechas que los hackers intentan explotar.

Conclusión: Hacia un futuro sin carteras

La transición del plástico al bit es irreversible. La comodidad de pagar acercando el reloj inteligente o el celular es solo la superficie de una transformación más profunda que prioriza la privacidad del usuario.

Al viajar, el objetivo es disfrutar del destino, no vigilar constantemente la billetera. Al delegar la seguridad en la tecnología de tokenización, el viajero moderno recupera el control sobre su dinero, transformando un dispositivo cotidiano en la herramienta de seguridad financiera más potente jamás creada. En este nuevo escenario, el plástico pasó de ser un aliado a ser un riesgo innecesario.

Nota de R.: Este artículo acerca del uso del celular como herramienta de pago fue publicado originalmente en iProfesional


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César Dergarabedian

Soy periodista. Trabajo en medios de comunicación en Buenos Aires, Argentina, desde 1986. Especializado en tecnologías de la información y la comunicación. Analista en medios de comunicación social graduado en la Universidad del Salvador. Ganador de los premios Sadosky a la Inteligencia Argentina en las categorías de Investigación periodística y de Innovación Periodística, y del premio al Mejor Trabajo Periodístico en Seguridad Informática otorgado por la empresa ESET Latinoamérica. Coautor del libro "Historias de San Luis Digital" junto a Andrea Catalano. Elegido por Social Geek como uno de los "15 editores de tecnología más influyentes en América latina".

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