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El calendario marca una fecha indeleble en la historia argentina: 24 de marzo de 2026. Medio siglo nos separa de aquel comunicado número uno de la Junta Militar de la última dictadura que instauró el terror sistemático en el país.

En este cincuentenario, declarado oficialmente como el «año de los derechos humanos por la memoria, la verdad y la justicia» por la Gobernación bonaerense, la Plaza de Mayo de Buenos Aires no es un museo estático. Es un escenario vivo de la historia política.

La ronda de los jueves de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, nacidas de la desesperación individual, se transformó en un rito colectivo que desafía al tiempo y al olvido.

De la soledad a la multitud

La imagen actual de la ronda de las Madres y las Abuelas en la Plaza de Mayo contrasta con la aridez de sus inicios. El 30 de abril de 1977, 14 mujeres se pararon frente a la Casa Rosada con la ingenuidad de quien exige respuestas a un Estado criminal.

Azucena Villaflor de De Vincenti, inspiradora de ese primer encuentro de las Madres, comprendió la inutilidad de los trámites individuales en comisarías y cuarteles. La soledad era absoluta. La sociedad miraba hacia otro lado y los medios callaban.

La policía, amparada en el estado de sitio que prohibía la reunión de tres o más personas, les dio la orden que fundaría involuntariamente el símbolo más potente de la resistencia: «circulen». Al obedecer y caminar de a dos alrededor de la Pirámide de Mayo, inventaron la marcha de las Madres.

En aquellos años de plomo, el poder bautizó a las Madres con un estigma: «Las locas». La sociedad repetía el insulto. La dictadura intentaba profundizar el dolor para deslegitimar el reclamo político. Ellas, sin embargo, se apropiaron del término. Aceptaron esa locura nacida del amor filial y la transformaron en su escudo.

El pañal que se hizo bandera

La identidad visual de esta lucha también nació de la carencia. En octubre de 1977, en una peregrinación al santuario católico romano en la ciudad bonaerense de Luján, las madres necesitaban reconocerse entre la multitud.

Una de ellas sugirió utilizar un pañal de tela de sus hijos, guardado como reliquia en sus casas. Ese trozo de tela blanca sobre la cabeza, que representaba el cuidado y la vida del hijo ausente, devino en el pañuelo blanco. Hoy, ese símbolo trasciende las fronteras y se reconoce mundialmente como emblema de dignidad.

Mientras las Madres marchaban, otro grupo entendió que la dictadura no solo secuestraba adultos, sino que se apropiaba de bebés. Así nacieron las Abuelas de Plaza de Mayo, inicialmente «Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos».

Su búsqueda incorporó a la ciencia. El «índice de abuelidad» y el Banco Nacional de Datos Genéticos permitieron que la sangre hablara donde los archivos callaban.

La reciente restitución del nieto 140, hijo de Graciela Romero y Raúl Metz, confirmó la vigencia de esta herramienta cincuenta años después.

La posta de los bisnietos

El desafío en este 2026 ya no es solo la búsqueda de la verdad, sino la continuidad física del reclamo. El tiempo biológico impone su ley. Quedan pocas de aquellas fundadoras que iniciaron el camino. Sin embargo, la plaza no queda vacía. La ronda se nutre ahora de nuevas generaciones.

Los nietos restituidos, como Manuel Gonçalves Granada o Claudia Poblete, integran hoy las comisiones directivas y asumen la conducción institucional.

Pero el fenómeno más conmovedor es la presencia de los bisnietos. Niños y jóvenes que no conocieron el terror en carne propia, pero que portan el pañuelo como herencia y compromiso.

Esta transición implica un cambio en la naturaleza del vínculo. La «socialización de la maternidad», concepto acuñado por las Madres para considerar a todos los desaparecidos como propios, evoluciona hacia una responsabilidad social.

La lucha deja de ser un reclamo de sangre para convertirse en un imperativo ético de toda la sociedad argentina. Adriana Metz, quien buscó a su hermano durante 48 años hasta encontrarlo, encarna esa perseverancia que se transmite entre hermanos y sobrinos.

Un legado en movimiento

La conmemoración del cincuentenario del golpe expone la victoria de la memoria sobre el exterminio. Jorge Rafael Videla, el primer dictador, pretendía que el desaparecido fuera una incógnita, alguien sin entidad. Las Madres y Abuelas lograron lo contrario: otorgarles una presencia permanente.

En un contexto donde resurgen discursos negacionistas que intentan relativizar los crímenes de la dictadura, la constancia física de la ronda actúa como un faro moral.

La marcha de los jueves no se detiene. Cambian los pies que pisan las baldosas, pero el sentido del movimiento permanece inalterable. De las «locas» solitarias de 1977 a los bisnietos de 2026, la Plaza de Mayo demuestra que la única lucha que se pierde es la que se abandona.

 


«Memoria 50» es una serie de artículos por el 50° aniversario del inicio de la última dictadura cívico-militar argentina, que se conmemorará el 24 de marzo de 2026. Puedes leer el resto de los artículos aquí.


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César Dergarabedian

Soy periodista. Trabajo en medios de comunicación en Buenos Aires, Argentina, desde 1986. Especializado en tecnologías de la información y la comunicación. Analista en medios de comunicación social graduado en la Universidad del Salvador. Ganador de los premios Sadosky a la Inteligencia Argentina en las categorías de Investigación periodística y de Innovación Periodística, y del premio al Mejor Trabajo Periodístico en Seguridad Informática otorgado por la empresa ESET Latinoamérica. Coautor del libro "Historias de San Luis Digital" junto a Andrea Catalano. Elegido por Social Geek como uno de los "15 editores de tecnología más influyentes en América latina".

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