Salí a la calle a celebrar por la victoria de la Argentina sobre Inglaterra en el Mundial de fútbol masculino 2026, y a descargar todas esas tensiones acumuladas en este certamen.
Parece mentira, pero en la Argentina habitualmente solo sabemos ganar si sufrimos una barbaridad, y esta vez costó muchísimo ganarle a Inglaterra, igual que padecimos antes con equipos como Suiza, Egipto o Cabo Verde. Pero lo más importante de todo es que seguimos vivos y ya estamos en la gran final que se jugará el 19 de julio ante España en New Jersey.
Partí de mi casa el atardecer de este inolvidable 15 de julio de 2026 a la avenida Maipú en la ciudad de Olivos, en el norte del Gran Buenos Aires, y en una de las esquinas de mi barrio me sumé a esa marea albiceleste de personas que fluía directo hacia la esquina de Maipú Villate, al lado de la quinta presidencial de Olivos, agradeciendo a Lionel Messi y los suyos por esta nueva alegría.
Mientras caminaba me encontré con los empleados del local de la cadena de cafés Bonafide, esos que veo todos los días, filmando a padres con sus hijos que se sumaban a la caravana de a pie a la quinta, a ancianas que a paso lento también caminaban en el mismo sentido. Maipú estaba llena de autos y otros vehículos a bocinazo limpio. Todos con banderas, gorros y bufandas albicelestes.
A esta marea de adolescentes, adultos y ancianos se le agregaron las motos haciendo ruido con los caños de escape, algunas cañitas voladoras, muchas cornetas, y las camisetas, algunas de ellas con las imágenes de las Islas Malvinas.
En la esquina de Maipú y Villate, con el tránsito cortado por la multitud y en medio de fuegos artificiales, comenzó a sonar la banda de sonido que todos esperábamos. La canción de la noche, esa que grita que «el que no salta es un inglés», y enseguida explota el tema «Muchachos» para recordar que nos volvimos a ilusionar, y la nueva canción lema del seleccionado, esa que recuerda los caídos en la guerra por las islas Malvinas y a Diego Maradona y a Messi.
Pero hay algo llamativo que se da en estos festejos, que observé en 1978 cuando ganamos de locales nuestra primera Copa del Mundo, luego en 1986, la segunda liderados por Maradona, los subcampeonatos de 1990, y 2014 y la tercera estrella en 2022. Por unas horas, no hay diferencias sociales.
En esa esquina de Maipú y Villate, las chicas de colegios privados que se sacaban fotos para Instagram, celebraban a pocos metros de chicos de la villa Borges, sin desconfianza entre ellos, y vecinos de clase media en transición a la baja, y todos abrían paso para que el repartidor en moto de una empresa de envíos a domicilio pudiera pasar en medio de la marea humana para culminar su trabajo.
En un país tan golpeado por décadas de crisis y frustraciones, el fútbol nos regala una oportunidad perfecta para sonreír. Por unas horas Argentina vuelve a sentirse como una sola.
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