Volver a Armenia: estampas de un día agitado


El séptimo día completo de mi viaje por Armenia, la nación de mis abuelos paternos que visito por primera vez, se inició temprano en Stepanakert, la capital de la República de Artsaj, donde había llegado el 3 de octubre con mi hija Agustina.

Elmira, la viuda de un combatiente de Artsaj que murió en la guerra entre Armenia y Azerbaiyán a fines del siglo pasado, y en cuya casa nos hospedamos, nos despidió con este desayuno a la usanza de esta región montañosa, más conocida como Nagorno Karabaj.

A las 9.30 salimos de Stepanakert a bordo de un taxi, que demoró dos horas en hacer unos 110 kilómetros por un camino sinuoso y en algunos tramos de cornisa hasta la ciudad armenia de Goris.

A pocos kilómetros de la frontera entre Artsaj y Armenia pasamos por el control de pasaportes.

Las banderas estaban a media asta por el duelo nacional en ambas repúblicas por la muerte del cantante Charles Aznavour, quien construyó en Stepanakert un hermoso centro cultural.

El taxi que nos llevó hasta Goris era uno de los centenares de Lada ruso que circulan por estos dos países.

En medio de las nubes que nos acompañaron en el viaje apareció este cartel de despedida de Artsaj.

Al fondo, un monumento justo en el límite entre las dos repúblicas.

En Goris cambiamos de automóvil. Como seguían la lluvia y la niebla cancelamos la visita al monasterio de Tatev y nos dirigimos hacia Ereván, la capital de Armenia.

En la ruta que tiene tráfico intenso, nos cruzamos con varios rodados de todo tipo, como estos:

También ómnibus y camiones procedentes de Irán.

Y camiones de transporte de forraje.

Pasando la mitad del camino entre Goris y Ereván apareció el monte Ararat (a la derecha).

Una vez llegados a Ereván, Agustina, excelente guía y organizadora del viaje, me llevó al museo del artista multifacético Sergei Paradjanov.

La escena es un detalle de una camisola de un sobreviente del genocidio armenio sobre la que intervino este artista.

Agustina me llevó luego a un barrio humilde, llamado Kond, que resiste en forma organizada la presión de inversores inmobiliarios que buscan desplazarlos de una de las zonas más cotizadas de Ereván.

Como en todo este viaje por Armenia y Artsaj, no sufrí ni observé ningún hecho de violencia o delincuencia. Es un país seguro.

Luego Agustina me llevó a la agradable mezquita azul de Ereván.

Antes de la cena pasamos por la plaza Aznavour, donde centenares de personas lo recordaban con serenidad y gratitud. La música de este artista es omnipresente en calles, vehículos, comercios, plazas, restaurantes, etc.

Ya en el hotel, la recepcionista se ganó todo mi aprecio al escribir bien mi apellido.

El día terminó con una rica cena armenia en Derian, un restaurante que eligió, sí, acertaste, Agustina.

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