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Ser pobre es un concepto relativo, en términos históricos, porque referencia la calidad de vida de una persona con ciertas condiciones básicas, que varían a medida que la sociedad es capaz de producir una gama mayor de bienes y servicios, hecho que, a su vez, iterativamente, modifica objetiva y subjetivamente qué se considera una «condición básica».

Además de eso, en la historia de la humanidad, la pobreza ha tenido diferente significación en distintos puntos del planeta en un mismo momento, porque las comunicaciones imperfectas entre comunidades diversas llevaron a que los elementos de comparación se establecieran al interior de cada comunidad. Aún en el período de formación de las naciones modernas, esa precariedad de vínculos entre regiones llevó a que la autopercepción de la pobreza pudiera ser diferente entre dos o más regiones o pueblos que habitaron un mismo país.

Esto cambió.

La modificación de las comunicaciones, que permite difundir estilos de vida a lo largo del planeta en tiempo real, ha llevado ya hace tiempo a definir un patrón de pobreza que se hace uniforme en cada rincón, definido por una interacción permanente de condiciones objetivas y subjetivas, éstas últimas actualizadas por internet segundo a segundo, podríamos decir.

Hace décadas que científicos y burócratas de todo el mundo discuten, en tal contexto, qué es ser pobre. Con frecuencia, llegan a caracterizar una multitud de aspectos, que lamentablemente los lleva a enredarse en la discusión subsiguiente: cómo se miden estos parámetros. La solución única aún no llegó.

El resultado es que los países tienen formas de cuantificar la pobreza que muchas veces no pueden ser comparadas, porque se basan en estadísticas no superponibles. Ni qué decir cuando en países como el nuestro, cambiamos periódicamente los criterios y llegamos a series que no se pueden comparar.

Todo este escenario es serio y grave. Peor aún es tener una contestación débil- o ninguna contestación – a la pregunta: ¿Por qué hay pobres?

En definitiva, caracterizar y medir la pobreza es necesario; eliminarla como problema debe ser el objetivo superior de una sociedad. Y para eso no debe caber ninguna duda sobre sus orígenes y causas determinantes.

Revisando la vida en el planeta, las situaciones donde toda una comunidad es pobre son minoría. Ese escenario se ha dado sólo cuando el destino es enteramente común y no se cuenta con capacidad para generar los bienes básicos o extraerlos del entorno. El riesgo de extinción masiva en esa situación es evidente.

En la mayoría de los casos, por el contrario, hay pobres y ricos, o al menos pudientes, cuyas necesidades son satisfechas adecuadamente. La riqueza, antes del capitalismo y durante toda su vigencia, es resultado del ejercicio de un poder, sea militar, sea religioso, sea económico, que permite al rico apropiarse de una fracción relativa mayor de los bienes generados por el conjunto del trabajo comunitario.

Blanco sobre negro en la pobreza

El capitalismo y la revolución industrial – si hacía falta – pusieron este hecho rotundamente en blanco sobre negro.

La producción y la ocupación aumentaron durante más de un siglo en proporciones sin antecedentes, proceso que fue acompañado por la sistemática concentración del ingreso en manos de los capitalistas, hasta llegar a la concentración aún dentro del espacio de los más poderosos.

En tal condición, el sentido común, la evaluación política y la propia percepción de los trabajadores llevó a la conclusión más inmediata: Sin siquiera cuestionar la legitimidad del derecho del emprendedor a apropiarse de una alta fracción del valor agregado en una unidad productiva, la existencia de pobres debe ser asignada a una apropiación exagerada de tal valor. Por lo tanto, es natural que se establezca una puja distributiva, reclamando que por vía de salarios o por otras formas indirectas se compense a los que menos tienen.

Esa es la realidad elemental y generalizada de buena parte del siglo 19 y 20.

Sin embargo, como ya se ha demostrado en varios procesos, la evolución no es lineal. Hay un momento histórico – que ya estamos transitando hace varias décadas – en que la concentración coloca en unas pocas manos un excedente superior – ya es muy superior – al que se puede reinvertir en nuevos proyectos, agregado al hecho que el excedente crece a mayor ritmo que la capacidad de consumo de la población.

Aparecen así las finanzas como modo de apropiarse de riqueza. No es un hecho nuevo ya que hace siglos y siglos que los banqueros y especuladores financieros existen. El matiz nuevo es la capacidad de absorber las crisis periódicas fruto de las burbujas especulativas, a la que se suma la aplicación sistemática de los gobiernos de los estados más influyentes del planeta, para que ese salvataje periódico ocurra.

La hegemonía financiera del presente permite a algunos apropiarse de valor sin participar de un proceso auténtico de generación de este. Es literalmente un despojo concretado a expensas del resto de la sociedad.

Ese fenómeno es destructor de trabajo, sea asociado o independiente. Ya ni siquiera es generador de trabajo mal remunerado en relación de dependencia.

Exclusión y pobreza

Aparece así el fenómeno masivo conocido como exclusión. O sea: el sistema social y económico hegemónico, funciona sin necesitar a una fracción de la población, ni como trabajadora ni como consumidora.

Los excluidos hacen lo imaginable: Se organizan individualmente o en pequeños grupos para trabajar fuera del sistema, brindando servicios de variada índole a quienes disponen de recursos económicos, buscando así acceder a un consumo de subsistencia.

En algunos escenarios se integran a cadenas de valor industriales o comerciales, pero en carácter de trabajadores independientes, que cumplen una función remunerada a destajo, de manera proporcional a lo que aportan, valorada por el capitalista que hegemoniza la cadena. Situaciones típicas de este vínculo, reconocibles en el paisaje urbano, son el cartoneo; la distribución de alimentos y otros bienes, casa por casa, a infinidad de consumidores; el taxi administrado por una central (la uberización).

El denominador común es la baja productividad de la tarea; la remuneración errática y la ausencia absoluta de cualquier cobertura social de las que dispone un trabajador en relación de dependencia o aún un monotributista.

El resultado es obvio: Todo ese universo laboral es pobre y, además, por vasos comunicantes más o menos invisibles, convierte en pobres a franjas de escasa productividad de los trabajadores convencionales, cuyo salario evoluciona a la baja, ante la existencia de tan enorme ejército de trabajadores de reserva.

Las acciones gubernamentales

Los gobiernos con vocación popular han sido débiles hasta ahora en el análisis de este nuevo y dramático escenario global.

La reacción típica es la pretendida profundización de la puja distributiva, con el Estado auxiliando a los más débiles.

«Los salarios y las jubilaciones deben aumentar más que la inflación», se nos dice.

Esa meta – loable, más allá que el flanco inflacionario queda intacto – pierde efecto y sentido cuando más de la mitad de la población económicamente activa no percibe un salario tradicional.

Cuando la evidencia de la crisis muestra esa grosera deficiencia de la política, se apuesta a profundizar el método: se subsidia masivamente los ingresos de los excluidos, desde aquellos más notorios, como las madres jefas de hogar, a los malamente relacionados con el sistema, como los proveedores de cartón barato, de comida pedaleada o taxis improvisados. Se apela a derechos valiosos como la AUH, recursos difíciles de administrar como la tarjeta Alimentar, hasta la entrega de alimentos a comedores populares o el fugaz IFE, que sirvió especialmente para dejar en evidencia el desconocimiento del funcionariado de la magnitud de los problemas a afrontar.
Se agrega también subsidios a los trabajadores integrados en los márgenes, sea fuera de la cobertura social (cartoneros) o dentro (gastronómicos).

A ese universo se van sumando periódicamente colectivos laborales en la medida que la concentración aumenta, hasta llegar al límite, que representa la exclusión de los jóvenes en forma masiva. Si las nuevas generaciones no se pueden incorporar, estamos al horno.

Conclusión: La pobreza hace ya muchas décadas que dejó de ser solo un problema de puja distributiva. Es también – en gran medida – el resultado de la desaparición de la existencia del consumidor masivo como condición necesaria para que quienes hegemonizan el poder económico y financiero aumenten su riqueza.

¿Entonces?

Si el diagnóstico adecuado es el arriba anotado, la solución del problema no puede surgir ni de la mirada en soledad de los integrados al sistema, que quieran ayudar, ni de la mirada aislada de quienes han visto desde siempre la vida en su condición de excluidos o de incluidos marginales. Ni tampoco de la repetición de las acciones gubernamentales que creen que poniendo dinero en el bolsillo de los que poco o nada tienen se pone a girar una rueda de la felicidad. Es obvio – aunque en rigor, en el escenario político argentino nada es obvio – que todos los protagonistas involucrados deben sumarse al complejo entramado de salida, pero no es a través de más de lo mismo intentado hasta ahora que habrá mejoras.

Creemos que el denominador común será buscar que toda la población económicamente activa tenga trabajo digno y bien remunerado.

Premisas de un plan contra la pobreza

Tal vez un conjunto básico de premisas puede ayudar:

Un sistema productivo que imagina que la concentración es permanente e inevitable, además del altísimo grado de presencia de filiales de multinacionales que son hegemónicas en su sector, lleva a tener cadenas de valor incompletas.

Eslabones intermedios sin desarrollar, que se reemplazan por importaciones innecesarias; usos finales de algunos bienes de destino múltiples que no se vinculan con las necesidades concretas; parques industriales aislados de la comunidad circundante, como si no hubiera nexo necesario y posible.

El análisis en detalle de la conformación de las cadenas de valor existentes generará todo un árbol de posibilidades de conexión e integración productiva, con oportunidades variadas de trabajo.

La evolución del sistema, motorizada por las decisiones de inversión detrás de la ganancia, ha dejado enormes vacíos de necesidades comunitarias sin atender, además de generar problemas incrementales, por la socialización de daños ambientales o deficiencias de infraestructura, que evolucionaron en paralelo a la apropiación privada de las ganancias.

De tal manera, cabe – se impone – agregar una mirada nueva, para definir emprendimientos necesarios y posibles: aquellos que atiendan necesidades comunitarias no consideradas o mal satisfechas. Desde la gran diversidad de problemas ambientales y de hábitat hasta la necesidad de reformular algunas cadenas de valor tan básicas como la alimentación, alejándose de la hegemonía de los negocios y llevándolas hacia el servicio comunitario, aparece un enorme espectro de asignaturas pendientes, con su correlato de generación de trabajo.

En ninguno de estos escenarios es válido admitir que haya colectivos laborales aplicados a tareas de tan baja productividad que su valor agregado no cubra las necesidades básicas. Trabajar sin alcanzar la subsistencia digna tiene dos causas asignables:

  • La explotación y la sustracción del valor agregado, por parte de otro eslabón de la cadena, cuando se trabaja en relación de dependencia.
  • Una tarea definida en términos de muy baja productividad específica, cuando se trabaja en forma independiente.

Ambas causas, que son verdaderas “enfermedades productivas y sociales” deben ser estudiadas y evitadas sistemáticamente.

La economía circular, pero a cargo de la comunidad no de las corporaciones; la conectividad digital comunitaria; la energía renovable o la energía térmica de origen solar, en cada techo; el desarrollo de cadenas de valor especialmente adaptables para las habilidades de colectivos laborales con alguna discapacidad; además de lo mencionado sobre alimentación o vestimenta, configuran el amplio campo de las empresas sociales, aquellas cuyo sentido de existencia es resolver problemas de la comunidad, antes que perseguir el lucro.

Están esperando quienes tomen la bandera y la repartan por todo el país.

Los servicios técnicos personales, desde un plomero domiciliario hasta una manicura, pasando por centenares de tareas que distan de ser una “changa”, que son actividades con experticia propia, con un mercado en que la oferta se encuentra con una demanda diseminada, deben ser jerarquizados social y técnicamente.

Hay más de 1.000 centros de formación profesional en la Argentina, que forman parte de un sistema con poca estructura, pensado para ofrecer oportunidades de mejorar la oferta laboral a miles y miles de compatriotas, pero sin ninguna intención de organizar la demanda, orientándola hacia esa población que se capacita.

Es más; analizando en detalle las currículos de los centros, aquellos que se relacionan con un parque industrial, buscan fortalecer capacidades auxiliares para las empresas instaladas allí, en administración o servicios generales. Otro centro, ubicado a poca distancia de un parque industrial, probablemente tenga como opciones actividades de subsistencia, como reparación de calzado o tareas de costura, sin ninguna propensión a dotar a los estudiantes con capacidades asociativas de suficiente jerarquía como para aspirar a un futuro laboral de cierto nivel.

O sea: el diseño del sistema de formación segrega las oportunidades, estimulando que las opciones de cada estudiante sean compatibles solo con su entorno, sin pretender conseguir un beneficio en el vínculo entre sectores sociales diversos, lo cual sería una aspiración legítima, casi obvia.

Cambiar la mirada; mejor dicho, elevarla; puede construir escenarios muy distintos y positivos.

El uso intensivo de la tierra agrícola es una gran asignatura pendiente de la estructura productiva en nuestro país. En los pocos lugares donde se intenta, se ha elegido copiar las peores prácticas del mundo central, con utilización de agroquímicos de modo desmedido, creando verdaderos focos de enfermedades graves para los trabajadores, las poblaciones circundantes y hasta para los consumidores, en ocasiones.

El uso de invernaderos o de corrales de engorde; cultivos como el tabaco o la caña de azúcar; la forestación y la utilización maderera posterior; la posibilidad de la acuicultura; cada actividad intensiva a la que se pasa revista está pensada como negocio de corporaciones, más que como actividad sustentable, que es posible en pequeña escala, a cargo de grupos cooperativos pequeños, que en conjunto configuren una rama productiva de alta ocupación y productividad.

Toda la pampa, tanto la zona núcleo como los oasis provinciales nació, creció y subsiste con la lógica de la apropiación de grandes extensiones, como condición de la riqueza, donde el uso adecuado y con alta productividad de cada parcela es un hecho secundario.

La combinación del derecho que asegure el acceso a la tierra a todo aquel que quiera trabajarla, junto con el desarrollo de tecnologías adecuadas para escalas pequeñas o medianas, no pensadas en términos asistenciales, sino con la mirada de países culturalmente adaptados a una relación pequeña de tierra arable/habitante, como Japón u Holanda o tantos otros, puede elevar exponencialmente la productividad de estas parcelas.

El tema del hábitat y en especial de la vivienda social, puede ser un espacio de altísima generación de trabajo a corto plazo, si se lo formula adecuadamente.

En el país hay un déficit de viviendas estimado en 4 Millones de unidades, a las que se debe agregar otro tanto que necesitan ser refaccionadas o ampliadas.

El agudo problema social que esto implica se ha planteado ya hace mucho tiempo en los términos más crudos del mercado capitalista.

Es decir: Hay una alta demanda insatisfecha, que confronta con una oferta de cierta rigidez, lo cual lleva rápidamente a convertir a la propiedad de suelo urbano en refugio de valor. Eso hace que el suelo y lo construido sobre él aumente su valor en términos reales y cada vez es más chica la fracción de la población que puede acceder a comprar.

¿Qué hacen los gobiernos?

Buscan suplir la capacidad de compra construyendo a cargo del Estado y subsidiando la venta a cada consumidor final.

Eso alcanza para algunas decenas de miles de viviendas por año. A lo sumo 100.000 en este momento. Resultado: El déficit se incrementa y la brecha de capacidad de pago de los sectores demandantes se agiganta.

En lugar de esa mirada, que es elemental y errónea, manteniendo una lógica capitalista se puede mejorar el resultado.

  • Hay que democratizar – hacer barato – el suelo urbano. Habilitar lotes con servicios por centenares de miles en todo el país; legislar una nueva forma de usucapión – posesión veinteñal – a favor del Estado para toda propiedad urbana abandonada por ese lapso. Sumar toda esa tierra a la oferta general.
  • Hay que promover cooperativas y pymes de producción de componentes de viviendas en decenas de rubros, que trabajen de cara a una demanda cierta de sectores medios, que serían los primeros en acceder a la nueva tierra urbana, con capacidad de financiar la autoconstrucción, como hace 70 años.
  • Este segmento de miles y miles de emprendedores generará ingresos para convertirse en una segunda oleada de compatriotas que accedan al lote urbano y construyan su casa.

Esta breve descripción caracteriza un escenario concreto de generación de trabajo, de agregado de valor apropiable y de aplicación de ahorro popular que debe reemplazar los esfuerzos notoriamente insuficientes del Estado en este ámbito.

Es momento de interrumpir la enumeración, aunque hay más espacios de posible intervención social. Encarar con seriedad estos frentes, que aparecen como cinco en primera instancia, pero al leer en detalle se advierte que son varios más, puede convertir la pobreza de más del 40% de la población en un recuerdo sin actualidad.
Puede. No necesariamente sucederá.

Porque existe una probabilidad importante de tener que dar una interpretación distinta al título de esta nota.

En lugar de profundizar el análisis de la pobreza de este tiempo, diseñando los caminos de solución, podríamos concluir que este tiempo es de tal pobreza de capacidad política que no atina más que a aplicar soluciones falsas que provienen de diagnósticos obsoletos.

Instituto para la Producción Popular

20 de enero de 2022.

César Dergarabedian

César Dergarabedian

Soy periodista. Trabajo en medios de comunicación en Buenos Aires, Argentina, desde 1986. Especializado en tecnologías de la información y la comunicación. Analista en medios de comunicación social graduado en la Universidad del Salvador. Ganador de los premios Sadosky a la Inteligencia Argentina en las categorías de Investigación periodística y de Innovación Periodística, y del premio al Mejor Trabajo Periodístico en Seguridad Informática otorgado por la empresa ESET Latinoamérica. Coautor del libro "Historias de San Luis Digital" junto a Andrea Catalano.

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