(A la luz de Mateo 5:13-16)
Sentado sobre una piedra,
en la ladera de aquel monte,
mirándolos a los ojos,
a esos ojos anhelantes,
cansados y a la vez esperanzados,
se los dijo a ustedes.
No fueron palabras
dirigidas a quienes mandan,
a quienes mueven los hilos del poder,
a quienes firman decretos
para perseguir y expulsar
o para quitar derechos y excluir.No, se los dijo a ustedes:
ustedes son la sal.
La que arde y sana
en la herida abierta del mundo
y no la deja pudrirse.
La que incomoda,
la que altera el sabor de la resignación,
la que desenmascara la cobardía insípida
y le pone sabor a las resistencias.Y ustedes son la luz.
No aquella que enceguece,
sino la pequeña lámpara
que se niega a esconderse
cuando avanzan las sombras
del desprecio a la vida y a la dignidad,
cuando se legisla el olvido
y se normaliza la crueldad.En un mundo que cierra sus puertas
a quienes migran buscando un lugar,
ustedes son luz que se hace hogar.
En un sistema que exprime cuerpos laburantes
y llama modernización a la explotación,
ustedes son sal que denuncia
y que preserva la dignidad.
Cuando los cuerpos vulnerables
son descartados como cifras,
cuando los rostros racializados
son marcados como amenaza,
cuando las diversidades sexuales
son estigmatizadas y amenazadas,
ustedes son luz encendida en lo público,
sal que impide que la injusticia se vuelva costumbre.Que la luz no sea domesticada.
Que la sal no pierda su fuerza.
Que nadie nos convenza
de que el Evangelio es neutro
cuando la vida está en juego.
Las palabras de Jesús no pasan
y siguen hablándonos hoy,
tercas, luminosas, verdaderas:
ustedes son la sal,
ustedes son la luz.
Gerardo Carlos C. Oberman
Fuente: Perfil del autor en Facebook. Foto: Wikimedia.
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