Archivo de la etiqueta: Gerardo Oberman

Bienaventuranzas


Bienaventuradas las personas que,
en medio del ruido y el caos de las ciudades,
son sensibles al llamado de Dios
y a las necesidades de sus próximos.
Bienaventuradas las personas
que ven y oyen a quienes andan a su lado,
a quienes van en el metro, en el colectivo, en el tren;
que tienen ojos, oídos, corazón
para los niños y niñas
y para la gente mayor, los ancianos, las ancianas.

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Olvidos


El pueblo decía
“El Señor me abandonó,
mi Dios se olvidó de mí.”
Pero ¿acaso una madre olvida
o deja de amar a su propio hijo?
Pues aunque ella lo olvide,
yo no te olvidaré.

(Isaías 49:14-15)

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Te llamo amigo…


Un día,
mientras te despedías de la vida,
preparándote para saludar
la Vida de verdad,
saludaste a tus discípulos
llamándolos amigos.
Lo hiciste desde el amor,
desde la confianza,
desde el deseo profundo
de sentirte acompañado
en un proyecto,
en una misión,
en un camino,
en una propuesta
nueva y revolucionaria,
transgresora del orden
y anunciadora de plenitud
para todos y todas.
Lo hiciste esperando respuesta,
anhelando un gesto
de aquellos que, en silencio,
te escuchaban.
Sus respuestas
no tardaron en llegar.
Uno te traicionó,
por unos pocos pesos;
pero aún así,
cuando su beso tocó tu mejilla,
le repetiste:
“amigo, haz lo que tienes que hacer”.
Lo amaste aún en la traición
que te llevaría a la muerte…
Otro te negó, ¡tres veces!
Y cuando lo miraste a los ojos,
lo amaste y lo perdonaste
hasta hacerlo llorar.
Otros corrieron a esconderse,
dejándote solo en la hora
en que uno espera que los amigos,
los de verdad, estén.
Pero los buscaste,
caminaste con ellos,
entraste en sus casas,
preparaste su desayuno
mientras intentaban volver
a su antigua vida,
partiste el pan…
hasta que, al fin,
sus ojos se abrieron.

Hoy, consciente de mis traiciones,
de mis negaciones,
de mis ausencias,
de mis desaciertos,
de mis abandonos,
de mi fragilidad,
de mi débil fe,
de mis ojos ciegos,
de mis manos quietas
y aún de los besos sin amor,
quiero escucharte, Señor,
necesito escucharte,
diciéndome, a pesar de todo,
“te llamo amigo”.

Gerardo Oberman

Fuente: Red Crearte.

Credo de la esperanza


Creo en Dios.

En el Dios de los credos, con todas sus verdades.
Pero, por sobre todo, en un Dios
que resucita de la letra muerta para hacerse parte de la vida.
Creo en un Dios que acompaña de cerca
cada paso de mi caminar por esta tierra:
muchas veces detrás, observando y sufriendo con mis errores;
otras veces a mi lado, hablando y enseñándome;
y otras veces delante, guiando y marcando el ritmo de la marcha.

Creo en un Dios de carne y sangre, Jesucristo,

un Dios que vivió en mi piel y se probó mis zapatos,
un Dios que anduvo mis caminos y sabe de luces y de sombras.
Un Dios que comió y que pasó hambre,
que conoció un hogar y sufrió la soledad,
que fue aclamado y condenado, besado y escupido, amado y odiado.
Un Dios que fue a fiestas y a entierros.
Un Dios que rió y que lloró.

Creo en un Dios que tiene atenta -hoy- su mirada sobre el mundo,

que ve los odios que segregan, que dividen,
que marginan, que hieren y que matan;
que ve las balas perforando la carne y la sangre inocente que riega la tierra;
que ve la mano que se mete en la lata y en el bolsillo ajeno,
robando lo que otro necesita para comer;
que ve al juez que sentencia a favor del mejor postor,
vistiendo la verdad y la justicia de hipocresía;
que ve los ríos sucios y los peces muertos, los tóxicos
destruyendo la tierra y perforando el cielo;
que ve el futuro hipotecado y la deuda del hombre que crece.
Creo en un Dios que ve esto…
y sigue llorando…

Pero creo también en un Dios

que ve a una madre dando a luz: vida que nace del dolor;
que ve a dos niños jugando: semilla solidaria que crece;
que ve a la flor brotar de las ruinas: un nuevo comienzo;
que ve a tres locas reclamando justicia: la ilusión que no muere;
que ve al sol levantarse cada mañana: tiempo de oportunidades;

Creo en un Dios que ve esto…

y ríe,
porque,
a pesar de todo,
hay esperanza…

Gerardo Oberman

Fuente: Red de Liturgia del Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI).

Fotografía propia, tomada el 5 de diciembre de 2016 en la ciudad chubutense de Puerto Madryn.

Cuna de Dios


Mi vientre adolescente fue su primera cuna
y mis brazos jóvenes le dieron el primer abrazo,
mis lágrimas bañaron su rostro por primera vez
y mi voz de casi niña arrulló su primer sueño.

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Lo que el amor ha unido


Aquello que el amor ha unido
no lo separe el odio
ni lo reprima la censura,
no lo esconda el miedo
ni lo cubra la vergüenza,
no lo discrimine el prejuicio
ni lo condene la ignorancia,
no lo estigmatice la teología
ni lo prohíba ninguna religión.
Aquello que el amor ha unido
no lo castigue ninguna falsa moral
ni lo señale la hipocresía,
no lo encarcelen derechas ni izquierdas
ni lo enrede ningún discurso,
no lo crucifiquen los desamores
ni lo sepulten los rencores.

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