El quinto eje de esta serie especial de artículos de Bahía César referidos a la última dictadura cívico-militar argentina, proyecta la memoria en tres focos: el pasado, el presente y el futuro.
Preparé los artículos de este eje a partir de encuestas que revelan cómo perciben el «Nunca Más» las diferentes generaciones en este año 2026, a medio siglo del golpe de Estado, que se conmemorará el 24 de marzo próximo.
En este artículo se expone la visión de quienes nacieron antes del golpe. Envié a una muestra compuesta en su gran mayoría por colegas y comunicadores, en partes iguales por hombres y mujeres, un cuestionario de apenas dos preguntas:
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¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
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¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
Las respuestas se presentan de manera textual, tal como fueron recibidas, sin comentarios ni añadidos de mi parte, y en el orden de entrega.
Cada respuesta va acompañada de una fotografía y una breve descripción del perfil del encuestado, en algunos casos provista por la persona que respondió, y en otros, tomados de sus perfiles en redes sociales.
Mi agradecimiento a cada participante por aceptar el desafío de responder este cuestionario.
Nació en Buenos Aires. De formación, abogada; poeta, ensayista y traductora. Se ha desempeñado como profesora de Filosofía del Derecho y como profesora en la Maestría de Escrituras. Ha sido miembro de la International Association of Genocide Scholars. Premio Perfil 2025 al mejor aporte al pensamiento crítico internacional.
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 no fue sólo una maquinaria represiva; fue, ante todo, un dispositivo de borramiento. En esa operación de desaparición —de cuerpos, de nombres, de filiaciones— me resuena inevitablemente la memoria del genocidio armenio. Desde esa experiencia histórica, la dictadura se constituyó bajo mi mirada como esa escena donde la nación repetía la fantasía soberana de purificación: eliminar para reorganizar, callar para fundar.
No se trató, para mí, de equiparar tragedias, sino de pensar (sentir) la lógica que las hizo posibles: la del Estado que convierte el cuerpo en territorio conquistable. Pero el cuerpo es siempre archivo; guarda marcas, cicatrices, silencios. La desaparición forzada —esa invención siniestra que suspende la muerte y eterniza el dolor— ataca precisamente esa condición archivística del cuerpo. Lo priva de inscripción, lo arroja a una zona sin duelo. La desaparición es una violencia sobre el lenguaje tanto como sobre la carne. Rompe la sintaxis de la filiación.
El 24 de marzo, entonces, no lo vivo únicamente como una fecha conmemorativa, sino desde una escena de traducción imposible. ¿Cómo traducir la ausencia? ¿Cómo escribir lo que fue planificado para no dejar huella? En este punto, mi formación jurídica se enlaza con la poética: el derecho como intento de restituir nombre y responsabilidad; la literatura como espacio donde la pérdida encuentra una respiración. Allí donde el discurso militar quiso imponer una gramática del silencio, la escritura abrió una zona de temblor.
Así se fundó en mis libros una interrogación radical: ¿qué hacemos con los cuerpos que faltan?, ¿qué hace una nación con su propia capacidad de aniquilación?, ¿qué lengua puede sostener la herencia de lo irrepresentable?
El golpe de Estado no es en mis textos un tema aislado, marca la manera en que pienso el cuerpo, la lengua y la ley. Marca la sospecha ante toda narrativa de pureza nacional. Y subraya, sobre todo, la convicción de que la escritura intenta convertirse en el lugar donde aquello que el poder quiso hacer desaparecer vuelve a inscribirse, aunque sea en fragmentos.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
Pienso el “Nunca Más” desde la escena griega.
El Ágora de Atenas no era solo un espacio arquitectónico; era el lugar donde la polis se hacía audible. Comercio, deliberación, conflicto: todo pasaba por la exposición de la palabra. Lo contrario del secreto, lo contrario del crimen oculto. El “Nunca Más”, en su dimensión política, exige precisamente eso; que el daño no permanezca en la sombra, que el sufrimiento se vuelva asunto común. Sin ágora no hay memoria pública, sólo rumor o miedo.
Pero la tragedia griega recuerda que antes del juicio está la sangre. En la Orestíada de Esquilo, las Erinias encarnan la lógica arcaica de la venganza, persiguen a Orestes por el matricidio como fuerza implacable de la culpa heredada. No hay deliberación posible con ellas; su ley es anterior a la ciudad. Son la memoria cruda del crimen, la imposibilidad de olvidar. En cierto sentido, representan lo que ninguna comunidad puede suprimir sin pagar el precio de la repetición, la persistencia del daño.
El momento decisivo ocurre cuando la persecución se desplaza al tribunal instituido por Atenea. Allí, las Erinias no son aniquiladas; son transformadas en Euménides, las Benevolentes. Este gesto no elimina la memoria del crimen, sino que la reinscribe bajo otra forma. La furia no desaparece; cambia de estatuto. Pasa de la venganza infinita al marco jurídico. El odio deviene institución.
En relación con el “Nunca Más”, esta escena trágica ilumina una tensión fundamental. El “Nunca Más” no puede significar olvido ni negación del conflicto; tampoco puede ser mera perpetuación de la ira. Si las Erinias continuaran su persecución sin límite, la polis quedaría atrapada en una cadena interminable de sangre. Si fueran expulsadas o silenciadas, la culpa no elaborada retornaría como violencia. La transformación en Benevolentes indica otra posibilidad; integrar la memoria del horror en el orden común.
El ágora, entonces, no es solo el espacio del debate racional; es el lugar donde la comunidad decide qué hacer con sus Erinias. Allí se escucha la acusación, se organiza el juicio. El “Nunca Más” moderno —nacido de experiencias de terror estatal— exige también ese doble movimiento: reconocer la furia legítima de las víctimas y, al mismo tiempo, traducirla en procedimientos que impidan la repetición.
La tragedia griega advierte que la paz no es un estado natural, sino una construcción precaria. Las Benevolentes continúan habitando la ciudad; no se evaporan. La memoria del crimen queda alojada en el corazón de la polis como advertencia.
Así, la relación entre el ágora ateniense, las Erinias y las Benevolentes sugiere que el “Nunca Más” no es un punto final sino un procedimiento. Requiere espacio público, palabra compartida, institucionalidad capaz de escuchar la acusación sin reproducir la revancha. Requiere aceptar que la violencia forma parte de la historia humana, pero que puede ser tramitada de otro modo.
Pero me surge la pregunta: ¿puede la ley, como teatro público, contener la magnitud del crimen moderno? En ese sentido, el “Nunca Más” no (me) funciona como consigna clausurante ni como fórmula tranquilizadora. Más bien, aparece tensionado, interrogado, expuesto a su fragilidad. No es un punto final, sino un umbral inestable entre memoria y repetición.
La pregunta ética sería: ¿qué condiciones materiales, simbólicas y jurídicas hacen posible que algo no se repita?
En este sentido, el concepto se desplaza hacia una ética de la responsabilidad. No se trata sólo de recordar lo ocurrido, sino de vigilar las formas contemporáneas del poder que puedan reactivar lógicas de exclusión, purificación o aniquilación. El “Nunca Más” deja de ser retrospectivo para volverse anticipatorio; una alerta frente a la repetición posible.
Soy periodista desde que una tarde de 1987 llamé a Miguel Abuelo a su casa, sin saber que esa tarde haría mi primera entrevista. Después empecé a estudiar Periodismo y a ejercerlo. La Razón, Crónica, América TV, Infobae, Clarín, Página 12, El Ciudadano, Acción, Libros y pelotas, En Diagonal, La Gaceta de Tucumán, entre muchos otros. Escribo sobre Deportes y Literatura: ya que me pagan poco y mal, que al menos sea sobre temas que me gustan. Publiqué dos libros: La palabra hecha pelota y Mi Diego.
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
Es una fecha que parte la historia de nuestro país. En este caso, se me hace que 50 años no son nada, pero a la vez es mucho tiempo. Pero para quienes lo vivimos -aunque sea como chicos- y para las nuevas generaciones, el golpe militar sigue siendo una referencia de lo que no queremos como país. Y de lo que no deberíamos ser, aunque ahora algunos se jacten de la importancia de repetir ese pasado. Ojalá que éstos no prosperen
En lo personal, fue una infancia asfixiante, solo que cuando era chico no me daba cuenta. Lo que sentía era eso: asfixia. El no hables, el hablá pero en voz baja, esas cosas marcaron mi infancia. Y me pregunto cuál fue el rol de mis padres y mis tíos y mis abuelos y los amigos de mis padres y de tanta gente que estaba a mi alrededor. Quiénes habrán apoyado al golpe, quienes no, quienes sabían de las torturas y asesinatos, quienes no sabían nada, quienes se hacían los que no sabían… En fin.
Tal vez por esa asfixia supongo que desde el 83, cuando la dictadura estaba en retirada, empecé (empezamos) a respirar el nuevo aire. El alfonsinismo, el conocimiento de lo que era la política, el entender, el asombrarse ante lo que pasó. Era, para quienes estábamos en la infancia, descubrir un mundo de terror que estaba a la vuelta de nuestras vidas, de nuestras calles.
Ese 83 fue una explosión de alegría como nunca más volvimos a vivir. Duró poco: tres años, cuatro. No más que eso. Alfonsín no pudo o no lo dejaron seguir adelante, se cayó, vino Menem y todo lo demás.
Pero en ese 83 todo parecía alegre, como que se estaba reconstruyendo un país. Con Charly García que nos cantaba las canciones más hermosas, Los abuelos de la nada dando alegrías, y tantas bandas que le pusieron música a esa época tan de ilusiones.
La dictadura, vista a la distancia, fue la contrapartida de la alegría, de la esperanza, de las ganas de hacer y de pelear y de solidarizarse con el otro. De salir del miedo.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
El compromiso con el Nunca más se mantiene informando a las nuevas generaciones, recordando, apelando a las fuentes en la medida de lo posible, debatiendo. Todo eso para no olvidar y no repetir. Ese el legado y el objetivo: recordar y no repetir.
Abogado y periodista.
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
Le atribuyo un significado histórico trascendente en la historia del país. Marcó especialmente a mi generación, que vivió los hechos en persona y no tanto por los relatos que uno fue escuchando a través de los años. Por supuesto, son valiosas las interpretaciones de autores acreditados, versiones que no parten de una vivencia de ese tiempo pueden estar teñidas de algunas distorsiones.
Yo tenía 14 años el 24 de marzo de 1976, cumplidos cuatro días antes. Una semana antes había empezado las clases en el segundo año del colegio secundario (en ese tiempo el período lectivo comenzaba a mediados de marzo). Vivía a tres cuadras del Congreso, y formaba parte de una familia numerosa generalmente informada de los temas políticos (mi padre era periodista) y futbolísticos (de los que me nutría a través de la radio y la revista El Gráfico). Eran temas muy presentes en la mesa y en la sobremesa familiar.
Al margen de las noticias de aquel tiempo, Una de las cosas que recuerdo de los siete años del proceso militar es la publicación de la revista Tía Vicenta, del humorista Landrú, que abordaba temas políticos con un singular enfoque. Ya me atraía el periodismo y era una forma sutil de conocer muchas situaciones y personajes que transitaban ese momento de nuestra historia.
Más allá de las visiones personales, los años de la dictadura militar dejaron huellas profundas y heridas sin cicatrizar en la sociedad argentina, que acompañó con sentida participación los acontecimientos que vivió el país desde entonces: desde el Mundial 78 a la guerra de Malvinas, de la recuperación de la democracia al Juicio a las Juntas. Agrego, porque son hechos que siempre tuve presente, la visita al país de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para investigar denuncias de violaciones a los derechos humanos en septiembre de 1979, que el gobierno de Videla intentó neutralizar con el lema “los argentinos somos derechos y humanos”, y el viaje relámpago del papa Juan Pablo II en junio de 1982, cuando se acercaba la derrota en Malvinas.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
Han sido tan profundas las heridas y divisiones que generó el Proceso Militar y tan valioso el avance que significó la recuperación de la democracia, que el compromiso del “Nunca Más” permanecerá vigente por los tiempos. En ese logro ha jugado un papel decisivo el presidente Raúl Alfonsín. Mucho más que otros gobiernos que vinieron después, incluso los del matrimonio Kirchner, que agitaron las aguas en materia de derechos humanos por conveniencias políticas personales. No hay que olvidar que hubo hasta quienes pretendieron apropiarse del prólogo del “Nunca Más”.
La sociedad argentina le debe un reconocimiento más pleno a la figura de Alfonsín, como sí ocurre en otros países y continentes que veneran su memoria y su legado en favor de la democracia. Otras figuras valiosas que han realizado aportes que merecen ser recordados son los integrantes de la Conadep (Ernesto Sabato, Graciela Fernández Meijide, el obispo Jaime de Nevares, el rabino Marshall T. Meyer, entre otros), además de los jueces y fiscales que intervinieron en el Juicio a las Juntas. Recordar estas contribuciones es una forma de garantizar la continuidad del compromiso por la paz y los derechos humanos.
Periodista.
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
Es un capítulo brutal, sin dudas uno de los peores, del conflicto irresuelto que estructura a la Argentina aun desde antes de ser la Argentina: una guerra civil interminable entre dos bloques, dos ideas de país que cambian de forma, de nombres, de caras, de modalidades y hasta de niveles de violencia pero que nunca cesa porque no hay un acuerdo. A veces larvado y subterráneo, a veces florentino en los palacios, a veces sudoroso en las calles, el conflicto entre esos dos bloques jamás dejó de una guerra civil entre dos bandos. Uno de los bloques, el de los Dueños, las Élites, han producido matanzas y carnicerías cada vez que el otro bloque se sublevó en busca de vivir un poco mejor. El golpe de 1976 fue el punto cúlmine de una violencia creciente (Semana Trágica, La masacre de la Patagonia, Napalpí, La Forestal, el bombardeo a la Plaza de Mayo, etc.) que tuvo, tal vez, la pretensión de ser un punto final irreversible: arrasar con una generación insumisa para arrasar con la memoria y la rebeldía contra Los Dueños. Fue también el capítulo brutal que alumbró a la Élite del capital que aún hoy, con variantes menores, formatea y conduce el proceso económico nacional. Y lo hace ahora con la virtud de haber abandonado cualquier ropaje civilizatorio para mostrarse tal cual es y amenazar con nuevas formas de violencia que convierten al 24 de marzo de 1976 en un recuerdo del futuro.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
No tengo la menor idea. Sólo queda claro que las formas que usamos hasta ahora se han agotado, y por completo. Ya no interpelan al conjunto de la sociedad y es algo de lo que apenas se habla a sí mismo un grupo significativo pero que el tiempo reduce inexorablemente. Imagino (y deseo) que habrá respuestas a ese interrogante cuando lo que llamamos Campo Popular logre construir una identidad para el nuevo mundo en el que ya estamos pero nadie aun logra identificar por completo. Cuando se reconstruya tendrá su versión actualizada de la Historia, como la tuvo en el siglo XX.
Periodista. Escritor. Docente.
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976? ¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
Tenía 6 años cuando militares y civiles dieron el golpe de Estado de 1976. Ocurrió pocos días después de que comenzaran las clases. Yo había empezado primer grado. Ese miércoles, cuando mis padres vieron que me preparaba la valija (la mochila escolar aún no se había inventado) con los útiles necesarios y algunos juguetes agregados, me dijeron que esa tarde no habría escuela, porque había pasado algo importante en el país. No recuerdo cuáles fueron sus palabras exactas, pero me quedó claro que era un hecho fuera de lo común.
Pasé toda mi infancia en dictadura, en la Escuela Nro. 10 “Teniente General Julio Argentino Roca”, de la localidad bonaerense de Banfield (desde hace varios años, rebautizada “Julio Cortázar”, porqué allí cursó algunos grados el futuro escritor). En 1979, hubo un gran despliegue para conmemorar la “Conquista del Desierto” con actividades varias. La matanza de los pueblos originarios era un tema del que no se reflexionaba.
De a poco fui comprendiendo qué estaba pasando en ese tiempo oscuro y cómo las secuelas del régimen me atravesaban en forma directa y aprisionaban a la Argentina. En esa formación cargada de curiosidad pasaron los años del secundario –durante la “primavera” democrática– y de los estudios de Periodismo en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora –en tiempos del neoliberalismo menemista.
El país aún padece las consecuencias del golpe genocida. Una de tantas es el negacionismo, una estrategia de desmemoria sostenida y alentada por quienes llegaron a la Casa Rosada en 2023. A 50 años del momento más trágico de la historia reciente de nuestro país, resulta imprescindible reconstruir el pacto democrático forjado en 1983 que quedó sintetizado en el “Nunca más” que resonó en el Juicio a las Juntas.
Para madurar como sociedad, es un deber cívico que las nuevas generaciones y quienes fueron ganados por el relato prodictadura se reencuentren con ese consenso que hoy parece tambalear por tanto discurso de odio difundido desde el poder y amplificado por las redes sociales y los medios de comunicación tradicionales.
Si es necesario, habrá que explicar mil veces el retroceso que significó el golpe del ’76 para el país y su política de exterminio, que provocó 30 mil detenidos-desaparecidos.
Comunicación, género y tecnologías.
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
El golpe militar del 24 de marzo de 1976 sólo confirmó la persecución y represión que veníamos sufriendo desde la muerte del presidente Perón, con la actividad de la Triple A y muchas expresiones de políticas de derecha con personajes crueles, dignos de una serie de terror. Mi familia vivía en la ciudad de Córdoba en esos años y ya a fines de 1974 mi padre, quien fue pastor y estaba a cargo de la Iglesia Metodista Central de esa ciudad, decidió enviar a Buenos Aires a mi hermano mayor que era estudiante de Arquitectura, por la brutal represión a los estudiantes universitarios desatada en ese momento, con asesinatos y desapariciones.
A comienzos de 1976 debió hacer lo mismo con mi hermano menor que acababa de finalizar el segundario en el Colegio Montserrat de esa ciudad. Mis hermanos fueron detenidos en varias oportunidades, al azar, y llevados a comisarias en esos celulares policiales que provocaban pavor en las calles cordobesas. La pasaron mal, pero nunca quisieron contar. Ambos perdieron su posibilidad de continuar estudiando según lo planeado y sus vidas tomaron otros rumbos impensados, sólo por ser militantes estudiantiles. A mi hermano menor lo persiguieron los ataques de pánico y la fobia al encierro durante toda su vida. Falleció relativamente joven.
Por mi parte, en 1973 me recibí en la carrera de Servicio Social, que en ese momento se cursaba en la Facultad de Derecho de la UBA. Al finalizar comencé a trabajar ad honorem como ayudante de la cátedra de Investigación Social de esa carrera. La intervención a la universidad en septiembre de 1974 decretada por el ministro de Educación Oscar Ivanissevich, quien nombró decano interventor de la Facultad de Derecho a Alberto Ottalagano, no hizo más que propiciar una ola más que real de oscurantismo y persecución por parte de una derecha brutal. La cátedra fue encuadrada como izquierdista y se nos prohibió el acceso a la Facultad, cuyas puertas eran celosamente custodiadas por policías de civil que tomaban nota de todos los movimientos.
Las consecuencias personales fueron duras, no pude tramitar mi diploma hasta terminada la dictadura militar que se inició en 1976. Pero para mi orgullo, cuando juré como licenciada en Servicio Social en 1985, además de ser acompañada por mi marido y mis cuatro hijos, recibí el diploma firmado por un gran rector, Franciso Delich, un educador y demócrata de fuste, quien luego fue rector de la Universidad de Córdoba y diputado nacional. Pasados diez años, mi camino era otro. Nunca ejercí en el área del Servicio Social a pesar de haber sido escolta de la Bandera Nacional en el acto de graduación.
Dos días después del golpe militar del 24 de marzo de 1976 un grupo de tareas del Ejército allanó el domicilio de mi tío paterno con el objetivo de arrestarlo. Él era sociólogo, profesor universitario y predicador laico de la Iglesia Metodista, y había trabajado en Chile durante el gobierno del presidente Salvador Allende. También colaboraba activamente con la recepción de refugiados chilenos, que en ese momento buscaban desarrollar su vida en nuestro país. No lo encontraron en su casa y mi tío y su familia debieron ocultarse.
En esa época yo vivía con mi familia en un barrio en Lomas de Zamora, con calles sinuosas y árboles de naranjas amargas que aprovechábamos para hacer dulce en el invierno. Teníamos ya tres hijos, el menor recién nacido. Recibimos con cariño a los hijos de mi tío, mis tres primos pequeños, y durante varios días vivimos en una suerte de campamento armado en casa, con colchonetas, bolsas de dormir, picnics en el jardín, juegos para armar en el living, mientras escuchábamos a Sui Generis en el tocadiscos.
Una tarde vimos llegar a mis tíos, caminando bajo el sol. Habían tomado uno de esos colectivos con recorridos interminables por el conurbano y llegaban sin problemas. Nos despedimos de la familia con ansiedad, temor y preocupación. No sabíamos cuando volveríamos a vernos o si lo haríamos algún día. Dimos gracias a Dios porque mis tíos y los chicos estaban nuevamente unidos y se alojarían en un lugar seguro.
Siguieron años de activismo en derechos humanos, al comienzo calladamente y hacia el fin de la dictadura participando en marchas y protestas, también apoyando al Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH) e integrando comisiones de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Recuerdo estar esperando el inicio de la primer marcha por los derechos humanos en Buenos Aires, convocada por todos los organismos de entonces. Debía partir de Libertad y Avda de Mayo, cerca de la sede del MEDH. Parada cerca del monumento al Quijote, pensé que no vendría nadie. Miraba a mi alrededor, ¿éramos pocos o muchos los que nos observábamos disimuladamente a la distancia? Bastó que aparecieran los líderes de las organizaciones con una única bandera para que en pocos minutos se juntaran cientos, luego miles de personas. Dijeron que fuimos unos 10 mil marchando esa tarde. La policía impidió que llegáramos a Plaza de Mayo. Hubo una sentada en Diagonal Sur, tranquila, pacífica. Una primer señal, la próxima llegaríamos a la plaza.
El 10 de diciembre de 1983 estuvimos en Plaza de Mayo escuchando al presidente Raúl Alfonsín. También fue un acto familiar, con nuestros cuatro hijos recibiendo y apoyando este inicio de una nueva etapa democrática en nuestro país que deseábamos que no terminada nunca.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
Diez nietos alegran nuestra familia. Así como con nuestros hijos, es invalorable educar para la democracia y los valores de la solidaridad, el compromiso con la justicia y los derechos humanos, y el ejercicio pleno de los derechos para elegir, expresarse, crecer y desarrollarse en libertad. Como abuela, intento plantar semillas, y también regarlas, sin apuro, sin imposiciones, con la esperanza de que este compromiso con el “Nunca Más” no se rompa jamás.
Experto en Comunicaciones Corporativas. Especialista en Comunicaciones digitales. UX Content Writer. Periodista.
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
Fue un punto de inflexión en mi vida. Ese día yo estaba a 48 horas de cumplir 11 años, pero lo cierto es que la fecha en sí (y más aún todo lo que vino después) me marcaron para siempre. Mi padre, Jorge Oscar Marticorena, debió exiliarse en mayo de 1977, ya entrado el golpe cívico militar.
Tuvo que irse “preventivamente”, digamos, porque algunos de sus compañeros de trabajo y otros conocidos suyos comenzaron a ser secuestrados primero, y desaparecidos (la enorme mayoría hasta el día de hoy) después. Y nada le garantizaba que el siguiente no fuera él.
Profesional en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), fue desvinculado simplemente por militar en la Juventud Peronista, cosa absolutamente habitual por esos años. Ni siquiera fue necesario que integrara alguna de las varias organizaciones guerrilleras que, también, eran habituales por esos tiempos. De hecho, sabemos ya de memoria que el aparato represivo de Videla y compañía secuestró, torturó, asesinó y desapareció personas que no tenían un bledo que ver con lo que esos sátrapas aseguraban perseguir.
Después, claro, están mis vivencias a lo largo de esos seis años oscuros.
No sólo atravesar mi entera adolescencia y la escuela secundaria completa bajo la dictadura: mi viejo recién pudo regresar al país cuando la tormenta de sangre había pasado, en marzo de 1983. También sufrí su falta. Precisamente en el momento en que necesité más que nunca un modelo masculino para forjarme como hombre, más lejos lo tuve. Cuando él regresó, yo ya cumplía 18 años. Mi masculinidad la hice solo, buscando modelos y guías en otras personas, amigos, algún que otro cantante, en historias leídas en libros, vistas en películas… Yo sí puedo decir que soy, en este sentido, un “self made man”.
La escuela secundaria es otro capítulo de lo mismo. El trato represivo y autoritario que recibíamos era —lo entendería años después— la brutal domesticación, la castración aséptica de cualquier conato de rebeldía, rasgo típico de cualquier preadolescente. El apelativo “señores”, dicho con tono militar por parte de nuestro jefe de celadores en el patio de la Escuela Nacional de Educación Técnica N° 30 Norberto Piñero en marzo de 1978, formados cual división del ejército previo a entonar las estrofas de “Aurora”, era una primera señal, un claro mensaje de que estábamos siendo brutalmente arrancados de la niñez de la escuela primaria para ingresar a las filas del disciplinamiento secundario basado en el temor (cuando no en el terror) al castigo, la amonestación o la lisa y llana expulsión.
La última dictadura cívico militar es una etapa que —no casualmente— sigue levantando polémica, a la luz de la orientación política del actual (des)gobierno. Es verdad que hubo víctimas (inocentes y de las otras) de ambos lados. Pero jamás justificaré la utilización de un aparato de Estado para la persecución y el asesinato, jamás dejaré de sostener, con el fiscal Julio César Strassera en su alegato final durante el histórico juicio a la Juntas Militares en 1985, que “nadie puede admitir que el secuestro, la tortura o el asesinato constituyan ‘hechos políticos’ o ‘contingencias del combate’, ya que “el sadismo no es una ideología política ni una estrategia bélica, sino una perversión moral”.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
A la luz de lo que vemos hoy, veo difícil que alguna clase de compromiso real en ese sentido se mantenga. Y no necesariamente por el signo político de quienes hoy ocupan la Casa Rosada. Lamentablemente, el problema es más profundo.
Un compromiso real para que nunca más exista un período histórico marcado por semejante nivel de violencia institucionalizado, donde la persecución, la tortura y el exterminio sean una estrategia racional (y nacional) de funcionamiento casi industrial, por empezar requiere una cadena de factores necesarios, correlativos y, quizás, insuficientes. Primero: conciencia. La conciencia de lo que significó la última dictadura. Para eso, consiguientemente, hace falta conocer la historia. Para conocerla hace falta interesarse en ella. Para generar, en los jóvenes, interés en la historia, hay que volverla atractiva, lo que a su vez supone revisar y dar vuelta como una media todo un sistema de enseñanza acerca de la historia, para (re)politizarla. Porque la que existe tiene una función política de hecho: justamente, des—interesar a los jóvenes en la historia argentina, ocultarles la dimensión político social que los hechos de nuestra historia entrañan y significan, desde la Revolución de Mayo hasta la actualidad, y revisando, quizás con especial foco, el enfrentamiento entre unitarios y federales y la época de Rosas.
Creo que en ese período se cifra la matriz más diáfana de lo que hoy algunos denominan “grieta”, esa división entre dos modelos de país que venimos arrastrando desde 1810 hasta hoy. O un país redistributivo, con oportunidades mayoritarias de ascenso social, acceso gratuito a una educación y una salud de calidad, con chances de profesionalización, capacitación permanente, acceso a los bienes culturales y un sistema económico lo más justo y equitativo posible para todos los actores que lo componen… o un país elitista, diseñado para pocos, con un sector potentado y propietario de inimaginables riquezas a costa de una enorme mayoría sin oportunidades, sin futuro, sin acceso a la salud y la educación y condenado a una vida de estancamiento, miseria y conformismo.
La educación, el conocimiento, el interés por saber quiénes somos, de dónde venimos y por qué estamos como estamos, genera conciencia. Y ésta, finalmente, produce una toma de posición política sobre la realidad. Y eso, a su vez, se expresa en las urnas. Los que hoy nos gobiernan, y los sectores de poder a los que responden, buscan un pueblo embrutecido, sin conciencia, que no cuestione, que no sepa ni quién es, ni qué le pasa, ni por qué.
Única manera de perpetrar (y perpetuar) un país como el que por estos días se avizora: una sociedad que, hoy, consiente por los votos lo que en 1976 esos mismos sectores buscaron imponer por las botas. Una trágica paradoja, a 50 años del período más oscuro y sangriento de nuestra historia.
Periodista, autora y profe.
-¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
El 24 de marzo de 1976 tiene un impacto familiar, primario. Es despertarme con el llanto de mi mamá, la preocupación de mi viejo, el nerviosismo de mi abuela… imágenes que quedaron como un paneo de ese día que se grabó en mí. Es no ir al colegio durante días; las conversaciones de adultos que entraban y salían de mi casa. Son los días grises, silenciosos, que olían a temor. Los sobresaltos en un tren del Roca requisado por el ejército cuando volvíamos de la casa de mi abuelo… Vomitar. Y la imagen repetida en la esquina de mi escuela de un auto estacionado con armas en su asiento trasero. Imágenes que se reciclan plenas de subjetividad, que siguen dando sentido y significado, personal e histórico.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
A veces, sin demasiada esperanza, pero me da tranquilidad que cada 24 de marzo sigamos renovando ese «Nunca Más», a pesar de todo el vaciamiento que se le quiso y quiere hacer. No se me ocurre otra manera de mantener el compromiso que activando la memoria para salir de la trampa en la que caímos.
Periodista. Integrante de la cooperativa Tiempo Argentino.
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
El 24 de marzo de 1976 me encontró con 12 años de edad. Vivía, sin saberlo, a la vuelta del Pozo de Banfield, que para los vecinos del barrio era una «Brigada de presos internacionales». Coincidió con mi ingreso a la escuela secundaria, en una escuela pública, el Colegio Nacional de Banfield, que había nacido como un proyecto educativo alternativo, con aulas de pocos alumnos, y un enfoque progresista. Nada de eso me tocó experimentar ya que desde el primer al quinto año cursé bajo la dictadura militar. El único espacio de libertad era el teatro del altillo de la escuela, donde los sábados podíamos experimentar con nuestras emociones. Por lo demás, la adolescencia transcurrió sin centros de estudiantes medias azules hasta la rodilla, zapatos canadienses, pullover azul marino, guardapolvo blanco, La rigidez militar trasladada a la vida cotidiana. Salir si o si con el documento de identidad, enterarse de amigos que caían en las redadas de los boliches y que pasaban unas horas en cana porque sí, porque el autoritarismo se respiraba en las calles, aunque desde mi ignorancia sobre la política no alcanzaba a dimensionar que vivíamos tan en riesgo.
La contracara era aspirar al Levi´s importado, la remera Pinguin, salir los sábados a bailar, escuchar a Charly y al flaco Spinetta en casa, mirar la tele, a veces toparse con un buen libro para leer en casa, donde había refugio.
El 24 de marzo de 1976 interrumpió la vida tal como debería haber sido vivida a la edad en que se anhela y experimenta la libertad, la frescura, la seducción, la amistad. Nos hicieron naturalizar la presencia de las botas en las calles, nos cerraron la puerta al conocimiento de la historia reciente, se bloqueó toda posibilidad de pensar críticamente. Teníamos un profesor de historia cuya clase consistía en abrir el libro de Ibáñez y leerlo en clase. Con el paso de los años me pregunté si era por autopreservación -ya que venía de la experiencia originaria del CONABA- o convencimiento. Nunca lo sabré.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
Es complejo imaginar en el contexto del gobierno libertario los próximos 50 años del Nunca Más, porque justamente en estos primeros 50 se rompió el consenso que había creado esa consigna abriendo la puerta a la duda sobre lo testimoniado y vivido por quienes lograron sobrevivir, los organismos de derechos humanos que reconstruyeron sin información oficial todo lo que sabemos hasta hoy sobre la dictadura más cruenta de la historia argentina.
Creo, sin embargo, que la Argentina logró saldar esa deuda con los desaparecidos y sus familias. Hubo juicios, los sigue habiendo como en ningún otro país de la región, siguen produciéndose condenas, también prisiones perpetuas y rechazo social mayoritario. Es verdad que un alto porcentaje de los condenados está con prisión domiciliaria en el ocaso de sus vidas, que los resabios de las prácticas degradantes que aplicaron contra una generación se trasladan muchas veces a las fuerzas de seguridad en las calles, que se sigue estigmatizando a una parte de la población y vuelve la persecución sobre quienes buscan organizarse colectivamente.
Por todo esto, el compromiso del Nunca Más del futuro debe enfocarse en la convicción de que la paz relativa que devolvió la democracia no está asegurada, que puede volver, que nunca se fue del todo porque cada vez que se señala a un grupo como un peligro social (la comunidad LGBTQ +, los sindicatos, la izquierda, el migrante, los mapuches, los luchadores sociales etc.) se regresa a lo peor del pasado.
Hago mías las palabras de Vera Jarach, Madre de Plaza de Mayo línea fundadora, incansable transmisora de los valores de la memoria, la verdad y la justicia a las generaciones más jóvenes:
«A la consigna de Memoria, Verdad y Justicia yo le sumo una cuarta, que estoy tratando de difundir en los últimos años y de a poco empiezan a adoptar: Nunca más al silencio. Tiene que ser una memoria hacia el presente y hacia el futuro. Como hay signos de repetición, la historia nos enseña que no aprendimos mucho. Debemos superar ciertos miedos y obstáculos y actuar a tiempo. La democracia en la Argentina está asentada. La democracia es el mejor sistema inventado de convivencia, tiene una larga historia e idas y vueltas y tiene limitaciones. Tiene momentos de progreso y otros de retroceso pero nos da la posibilidad de actuar». (Fuente: Revista Haroldo)
Periodista. Especialista en temas judiciales. Editora de contenidos.
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
Apenas tenía tres años cuando se produjo el golpe cívico-militar de 1976 y sólo mucho tiempo después, a través de mi oficio de periodista, pude conocer de cerca los horrores de ese período negro de nuestra historia reciente.
Tuve la oportunidad de cubrir causas judiciales relacionadas con el accionar represivo en especial en la ex Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), centro clandestino de detención, tortura y exterminio (CCD) donde se mantuvo en cautiverio a alrededor de cinco mil personas a partir de 1976.
Los escalofriantes relatos de las víctimas sobrevivientes me hicieron tomar consciencia de lo que fue aquel calvario. Jóvenes secuestrados en la calle, en sus trabajos o arrancados de sus propias casas en medio de la noche y llevados a esos sótanos nefastos.
Los jueces no daban curso a los habeas corpus presentados y, en muchos casos, los abogados que presentaban esos recursos resultaban ellos mismos desaparecidos.
A través de la lectura de decenas de fojas, conocí de cerca a Jorge «Tigre» Acosta, Alfredo Astiz, Adolfo Scilingo. Y también a Azucena Villaflor, Léonie Duquet y Alice Domon por nombrar algunas de las miles de víctimas.
Los relatos más impactantes fueron los de detenidos que pudieron escuchar lo que sucedía en la enfermería y otros sectores donde se llevaron a cabo los partos de mujeres embarazadas secuestradas, muchas luego “trasladadas” a los llamados vuelos de la muerte. Esos niños nacidos en cautiverio y luego entregados en general a familias de militares son tal vez la parte más oscura y siniestra de esta etapa. La que más me duele.
Solo trae un poco de alivio haber conocido en los últimos años que pudieron reencontrarse con parte de su familia gracias al trabajo incansable de organizaciones como Abuelas de Plaza de Mayo, pero aún desconocemos el destino de muchos de ellos.
Otro aspecto relevante es el rol que cumplió la prensa: los primeros años la mayoría de los medios no daba información sobre lo que estaba ocurriendo y a veces publicaban noticias sobre la detención de personas (“subversivos” los llamaban) o la aparición de cadáveres. El mundo se enteraba de lo que sucedía en el país casi sólo a través de los corresponsales extranjeros. Eso siempre me impactó mucho como periodista.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
En los tiempos que corren en Argentina, donde se acrecientan los discursos negacionistas y de odio como también ocurre a nivel mundial, es un desafío enorme mantener la memoria histórica. No sólo se intenta relativizar terrorismo de Estado sino que incluso se cuestionan los juicios de lesa humanidad a los que tanto se logró llegar y que, pese a las enormes dificultades que enfrenta el Poder Judicial, pudieron realizarse.
Por eso es esencial que desde las escuelas y universidades se siga transmitiendo a las nuevas generaciones la historia de lo que sucedió en la feroz dictadura que asoló a la Argentina. Difundir los archivos de la represión y que su acceso sea simple para los estudiantes es un aspecto clave a tener en cuenta.
Las visitas a Sitios de Memoria como el Museo ESMA, los cursos de formación ciudadana y recurrir a nuevas narrativas como las redes sociales también podrían ser herramientas de ayuda que conecten a los jóvenes con la historia. También explicar el significado de la actual defensa de los Derechos Humanos por casos de violencia institucional o violación de los derechos sociales porque en definitiva son una extensión de las luchas del pasado.
También es importante que pese a los embates de los gobiernos de turno se mantengan activas todas las asociaciones defensoras de los Derechos Humanos porque su trabajo es determinante para cumplir con aquellos compromisos asumidos con el regreso de la democracia.
Periodista / Escritor.
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
Tenía 6 años, supongo que tenía los desafíos de ingresar al primer grado de Primaria. El verdadero significado llegó después, como el acto final y devastador de una debacle que se remontaba a varios años antes. Lamento que los argentinos no podamos analizar este pasado con la ecuanimidad necesaria, casi siempre es un River-Boca, que sólo sirve para que cada facción libere de culpas a los propios y culpe a los ajenos. Sin lugar a dudas, el terrorismo de Estado es inadmisible, por eso el Nunca Más.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
Cuesta creer que se mantenga, con gente que sólo se entera de aquello que refleja su matiz ideológico. Educar, abrir cabezas, generar pensamientos crítico y pluralidad, es la única salida.
Periodista. Ex redactora en AFP.
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
El 24 de marzo de 1976 yo tenía 14 años. A 50 años puedo decir que esa fecha marcó mi vida aunque nadie de mi familia fue blanco directo de la represión, detención o desaparición. Pero inevitablemente, una dictadura sangrienta no me pasó por el costado sin tocarme. No me di cuenta enseguida. En mi casa no se hablaba de política y el golpe fue más bien vivido con cierto alivio, como que se iba a volver a cierto orden en el país. No se hablaba de los costos de ese “orden”. Pertenecía a una clase media acomodada, y era alumna de un colegio privado en tiempos en los que las escuelas privadas solían ser para burros que desaprobaban todo en la pública, religiosos o de colectividades elitistas…en mi caso el liceo francés por origen de mis padres. Allí también hubo desapariciones y exiliados. Lo supe después. En mi casa, no se hablaba en voz alta de las desapariciones ni las detenciones… un poco sí de los que partían al exilio y mucho de la censura… era más fácil hablar de eso. Pero de todos modos, se sentía el miedo, soldados en las calles, las cosas dichas a media voz, cuidarse aunque «no estuvieras en nada». Nunca perdí el miedo a ser interceptada en las calles (llevo DNI conmigo aunque vaya a la esquina al kiosco). Durante muchos años, pasar con mi pasaporte por migraciones me paralizaba de miedo…
Por eso digo que aunque yo no fuera consciente en aquel momento, el golpe marcó mi vida. Ese golpe que instauró la dictadura más sangrienta de la historia argentina, que dejó 30.000 desaparecidos, asesinó, robó, extorsionó, secuestró embarazadas, robó unos 400 bebés, no pueden dejar indiferente a nadie. Cuando era muy chica yo ya percibía la inequidad, la desigualdad social, me identificaba con las canciones de protesta, las que denunciaban a los gobernantes, las elites…. Después tuvimos que callar o esconder libros, discos. Sin embargo, fue esa música la que nos salvó…El rock, las canciones en castellano, primero en los fogones de campamentos medio escondidos, o en las casas de amigos, eran una pequeña apertura en medio del silencio y la censura. Lo que me abrió la cabeza fue cuando empecé a estudiar periodismo en 1980. Allí empecé a escuchar y después, de a poco, en 1981 y 1982, hablar de política. Comenzar la militancia silenciosa. Recuerdo que nos reuníamos en un bar frente al Instituto Grafotécnico a cantar “De nada sirve” de Moris, y alguien entonaba La marcha de la bronca, de Pedro y Pablo…Allí las aprendí. Y nos sentíamos re ”libres” por empezar a palpar la apertura que se acercaba, aunque tampoco había que creérsela y había que cuidarse. Para mí era nuevo, la mayoría ya tenía otra experiencia. Iba al turno noche y muchos eran más grandes que yo. Hicimos el primer paro de alumnos contra el aumento de la cuota… De a poco, se abrían las puertas de las casas de gente que no daba ni su teléfono por cuestiones de seguridad. Que vivían medio escondidos desde 1976.
De ahí en más, el regreso de la democracia, las manifestaciones, el juicio a las juntas, mi militancia atravesada siempre por el periodismo o el periodismo atravesado siempre por la militancia. Mis primeros pasos en la revista Caras y Caretas (la segunda etapa de esa célebre revista que salió entre 1982 y 1985), donde conocí dirigentes, periodistas regresados del exilio, en la que se publicaban denuncias de centros clandestinos de detención, entrevistas a figuras censuradas y perseguidas como Eduardo Galeano y Juan Gelman, en 1983, entre otros desafíos a la dictadura que estaba en su último año. Las marchas contra el Nunca Mas y la Obediencia Debida, las rondas de las Madres, Marchas de la Resistencia. En los 90, colaboré con el periódico de las Madres de Plaza de Mayo, orgullo de mi vida. La memoria, el reclamo de Justicia, el relato de lo ocurrido, las condenas a los represores… nunca dejaron de ser importantes. Me han preguntado alguna vez si yo tenía alguien desaparecido o muerto por la dictadura. No tengo “alguien”, tengo 30.000. Por eso digo que el 24 de marzo de 1976 marcó mi vida, mucho más de lo que fui consciente en aquel momento.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
La segunda pregunta me parece mucho más difícil de responder. En tiempos donde la extrema derecha y el negacionismo parecen hacerse fuerte no solo en Argentina sino en el mundo, y con los principales protagonistas, como las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Familiares etcétera, que, por edad, se van yendo de este mundo, el desafío es muy grande y duro. Seguiremos contando con el relato de los protagonistas, las películas sobre el tema, la transmisión en las escuelas. Creo que la materia Nunca Mas, Ni olvido Ni perdón debería ser obligatoria pero el peligro es quién orienta las cátedras y quién las dicta. Los jóvenes ya lo ven como una cuestión histórica… que los toca de lejos… quizás usar nuevas tecnologías para interesarlos. Por empezar, qué el 24 de marzo siga siendo feriado y obligatorio explicarles a los alumnos qué pasó ese día y la importancia que no suceda nunca más.
Periodista
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
El inicio de uno de los peores capítulos de la historia argentina por el terrorismo de Estado y también por lo que supuso en la mentalidad económico-cotidiana: la plata dulce y la destrucción de una moneda en la que se dejó de confiar.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
Me resulta difícil responder esta pregunta, pero haré el intento. Creo que quienes fuimos niños en esa época pero tenemos ciertos recuerdos de lo que fue la falta de libertad de pensamiento, de acción, de expresión, debemos explicarles a las generaciones más jóvenes lo que eso suponía en la vida cotidiana. Somos responsables de no haber sabido transmitir lo que sucedió con la sociedad en esos años. Y para que no se vuelva a repetir es necesario exigir el fortalecimiento de las instituciones, cada vez más vulneradas. Cómo hacerlo es una pregunta que me hago todo el tiempo porque soy escéptica respecto de ciertas formas. Y en tiempos donde prima la violencia, creo que los caminos a buscar deben ir por el lado de la paz.
Periodista especializada en ciencia, salud, ambiente y negocios, con más de 25 años de trayectoria en medios gráficos, radiales y digitales en Argentina. Integrante de la Red de Periodismo Científico y la Sociedad Internacional de Periodistas Ambientales (SEJ). Martín Fierro 2022 por el programa radial Estrategia Salud y Ambiente. Autora de: Economía Verde (2020) y Ser Sustentables (2023).
¿Qué significado personal le atribuyes al 24 de marzo de 1976?
El 24 de marzo de 1976 es una fecha nefasta de nuestra historia, y en el actual contexto de negacionismo cobra más sentido que nunca recordarla. Por entonces yo estaba empezando la escuela primaria, y tengo recuerdos aciagos de esa época, ya que mi padre, economista de extracción peronista, fue perseguido durante la dictadura cívico militar y tuvo que irse a trabajar al exterior (exiliarse) durante un tiempo. Fue después de que vinieran detenerlo, en un operativo en el que entraron tres personas a mi casa, dieron vuelta su biblioteca, dejaron todo desparramado en el piso y se lo llevaron junto a varios libros (la colección de El Capital de Marx, las «Venas Abiertas» de Galeano, «Camilo, el Cura Guerrillero», y algunos libros más, entre otros varios de Gabriel García Márquez). Finalmente lo liberaron pero muchos amigos suyos no tuvieron la misma suerte y a partir de entonces se respiraba en casa un ambiente de agobio y miedo, mientras el país vivía la pesadilla más oscura de persecución, secuestros, tortura, muerte y saqueo de nuestros recursos.
¿De qué manera crees que se podrá mantener el compromiso del «Nunca Más» en los próximos 50 años?
En tiempos de negacionismo y «batalla cultural y cognitiva», es muy importante que en los colegios se lea el «Nunca Más» y se vean películas como «La historia oficial», 1985, La noche de los lápices y tantas otras que cuentan lo que pasó durante la dictadura. No debemos olvidar que toda esa pesadilla tuvo como objetivo imponer un modelo económico de desindustrialización, precarización y saqueo de nuestros recursos, cuyo parecido con el momento actual es pasmoso.
Creo que desde el periodismo, debemos informar lo que pasó en nuestra historia reciente. Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.
«Memoria 50» es una serie de artículos por el 50° aniversario del inicio de la última dictadura cívico-militar argentina, que se conmemorará el 24 de marzo de 2026. Puedes leer el resto de los artículos aquí.
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