Skip to main content

Llegamos a Comodoro Rivadavia en 1977. Mi padre había sido trasladado como pastor desde Tres Arroyos a esa ciudad patagónica, ventosa y petrolera. Yo era adolescente. No sabía entonces que la geografía áspera del sur iba a mezclarse para siempre con la aspereza de aquellos años.

Una de mis primeras imágenes en aquella ciudad nueva es bien nítida: un Falcon verde estacionado durante varios días en la esquina de nuestra casa, ubicada en Alsina 45. En la Argentina de la dictadura, ese auto no era un vehículo cualquiera; era un símbolo del terror. Los pastores y pastoras protestantes eran considerados potenciales “enemigos”. No era paranoia: hubo pastores y laicos secuestrados, desaparecidos, otros forzados al exilio. Nuestra casa pastoral, abierta por definición (uff, si habré tenido que ceder mi cuarto a las vistas tantísimas veces), estaba también bajo sospecha. Crecí entendiendo, sin que nadie me lo explicara del todo, que la fe podía ser vista como amenaza cuando se negaba a bendecir la injusticia.

En la escuela secundaria teníamos un interventor designado por los militares. El orden se imponía en los detalles: pelo corto obligatorio para los varones, cabello recogido para las mujeres, uniforme en una escuela pública. La disciplina era una pedagogía del miedo. A mí me molestaba profundamente esa uniformidad forzada. Fui rebelde, quizá más de lo prudente. Terminé varios años con el máximo de amonestaciones. Mi padre —pobre y paciente— iba una y otra vez a interceder. Su palabra y su reconocimiento en la comunidad comodorense fueron, más de una vez, el puente que me permitió “zafar”. Aquella tensión entre autoridad y conciencia marcó mi carácter.

Con un grupo de amigos habíamos formado una banda de rock juvenil: Karmas, junto a Daniel Lay, Eddy Morón y Nicolás Castañeda. Ensayábamos como quien busca aire. A veces nos invitaban a tocar en actos escolares. Pero debíamos presentar las letras con anticipación. Algunas frases eran tachadas; otras, directamente prohibidas. En un acto de cierre nos negaron interpretar “Toda la noche hasta que salga el sol”, de Orion’s. Decidimos tocarla igual. Fue un gesto pequeño, casi adolescente, pero tuvo consecuencias: más sanciones. Como ya era el último año, y tras nuevas gestiones de mi padre, finalmente pudimos recibirnos. Aquella escena, con guitarras y sanciones, fue una lección temprana sobre la censura y sobre el precio —a veces bajo, a veces altísimo— de la desobediencia.

También la Iglesia Reformada local, bastante conservadora, nacida a comienzos de los 1900 a partir de la inmigración de Boers sudafricanos, exigía que esa rebeldía se manifestara en la búsqueda de actividades más participativas, una vida comunitaria más activa y un compromiso con el contexto. ¡Nada sencillo! Pero fue un tiempo con un grupo juvenil maravilloso y absolutamente marcante para mí.

Fueron años duros. En 1978, el conflicto por el Canal de Beagle con Chile militarizó la región. Había apagones nocturnos, restricciones, rumores constantes. La ciudad se tensaba como un cable a punto de romperse. Y en 1982, durante la guerra de las Islas Malvinas, la situación se volvió aún más dramática. Éramos parte del teatro de operaciones. Militares dormían en el colegio. Veíamos helicópteros descender en el hospital cercano con heridos graves. La guerra dejó de ser un discurso patriótico para volverse cuerpos concretos, dolor tangible, silencio pesado en las casas.

No sé si entonces comprendí del todo la perversidad estructural de la dictadura. La adolescencia tiene algo de inconsciencia protectora. Pero sí recuerdo la sensación de vivir bajo vigilancia, de aprender que ciertas palabras podían costar caro, que ciertos gestos debían medirse. Aprendí también que el poder, cuando se absolutiza, necesita uniformar, callar, domesticar.

Con el tiempo entendí que aquella rebeldía juvenil no era solo temperamento. Era una forma incipiente de resistencia ética. La experiencia de ver a mi padre caminar con prudencia pero sin claudicar; de saber que la comunidad de fe podía ser sospechada por no alinearse dócilmente; de experimentar en carne propia la censura y la sanción, fue moldeando una vocación.

Mi llamado pastoral no nació en un laboratorio teológico aislado de la historia. Se fue gestando en esas aulas vigiladas, en esos apagones, en esos helicópteros que traían la guerra al barrio. Se fue afirmando en la memoria de quienes no volvieron, en la conciencia de que la neutralidad frente a la injusticia es complicidad. Y más tarde se hizo compromiso explícito con las víctimas de todo sistema que vulnera derechos y pisotea dignidades.

Mirando hacia atrás, comprendo que aquella adolescencia en Comodoro Rivadavia me enseñó algo decisivo y que recién pude entender años más tarde: que la fe no puede reducirse a consuelo privado cuando la vida pública está herida. Que el Evangelio —leído desde el sur, desde los márgenes, desde las periferias— interpela a los poderes que se creen eternos. Que la dignidad humana no es concesión del Estado ni de los mercados, sino un don divino que exige defensa.

La dictadura intentó uniformarnos, vigilarnos, disciplinarnos. En mi caso, aun sin percibirlo cabalmente en esos años, ayudó a forjar una conciencia. Aquel tiempo no fue heroico; fue contradictorio, a veces confuso, atravesado por temores y pequeños actos de resistencia. Pero dejó una huella indeleble: la convicción de que la memoria no es nostalgia, sino responsabilidad; que la verdad no es revancha, sino condición de justicia; y que la pastoral, si quiere ser fiel, debe caminar junto a quienes siguen padeciendo las múltiples formas —viejas y nuevas— de autoritarismo.

Hoy, cuando acompaño luchas por los derechos humanos y por la dignidad de los sectores populares en la Argentina, sé que no hablo desde un púlpito abstracto. Hablo desde aquel Falcon verde en la esquina, desde las amonestaciones acumuladas, desde una canción tocada a pesar de la prohibición, desde los apagones y los helicópteros. Hablo desde una historia que me atravesó y que me sigue convocando a elegir, una y otra vez, el lado de la vida.

 

Gerardo Carlos C. Oberman

Gerardo Carlos C. Oberman

Coordinador Continental en Red Crearte. Traductor. Pastor.

Nota de R.: En la fotografía inicial, un cartel inaugurado el 5 de noviembre de 2022 que señaliza como sitio de memoria del terrorismo de Estado al Regimiento de Infantería 8 General O’Higgins, en Comodoro Rivadavia. En esta dependencia del Ejército argentino funcionó un centro clandestino de detención en el marco de la dictadura.


«Memoria 50» es una serie de artículos por el 50° aniversario del inicio de la última dictadura cívico-militar argentina, que se conmemorará el 24 de marzo de 2026. Puedes leer el resto de los artículos aquí.


Si te gustó o sirvió algo que publiqué, te ofrezco dos alternativas para agradecer y permitir la continuidad de mi trabajo en Bahía César:


Te invito a suscribirte gratis al boletín semanal de Bahía César para recibirlo en tu correo electrónico. Ingresa tu e-mail aquí.

Bahia Cesar

Bahía César es el sitio web de César Dergarabedian, quien desde marzo de 2012 publica en forma ininterrumpida notas sobre las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), y otros temas que van desde la fotografía hasta la salud, pasando por el periodismo, el turismo, la educación, la música y los emprendedores. Este sitio web no tiene relación ni directa ni indirecta con las empresas para las cuales trabaja su fundador y editor.

Deja un comentario