El 24 de marzo de 2026 sitúa a la sociedad argentina frente a un espejo de dimensiones históricas al conmemorar el cincuentenario del golpe de Estado de 1976 que inició la última dictadura cívico-militar.
Este aniversario representa un ejercicio de memoria cronológica y exige una disección de las estructuras de poder responsables del terrorismo de Estado en la dictadura. El rol de las instituciones religiosas emerge como uno de los capítulos más complejos de la historia nacional.
Una fracción mayoritaria de la jerarquía de la Iglesia Católica Romana proporcionó cobertura teológica y moral a la represión ilegal sistemática en la dictadura.
El Vicariato Castrense funcionó como el puente ideológico entre la doctrina de la seguridad nacional y la fe cristiana. Figuras como los monseñores Adolfo Tortolo y Antonio Plaza mantuvieron relaciones de intimidad con los comandantes de la junta militar.
En contraste, un sector significativo de clérigos, laicos, pastores y rabinos eligió el camino del testimonio profético, opción que culminó en muchos casos con el martirio.
La conmemoración de 2026 permite trazar un contraste nítido entre quienes bendijeron las armas y quienes ofrecieron su vida en defensa de los perseguidos.
Los arquitectos del amparo moral y la complicidad
La legitimación de la dictadura se gestó en el núcleo mismo de la estructura institucional católica. Victorio Manuel Bonamín, obispo y provicario castrense, instó a los oficiales a no dudar en el cumplimiento de su deber de purificación nacional.
Adolfo Tortolo visitó unidades militares para dar aliento a las tropas y defendió la tortura con el uso de argumentos medievales. Antonio Plaza consolidó un esquema de poder policial en La Plata, la capital bonaerense, y su complicidad alcanzó niveles extremos al negar auxilio a familiares de secuestrados y desaparecidos.
La participación religiosa se expandió a través de los capellanes. Christian Von Wernich personifica la cara más oscura de la capellanía policial, condenado a reclusión perpetua por su participación en homicidios y tormentos.
Aldo Vara operó en el centro clandestino La Escuelita en la ciudad bonaerense de Bahía Blanca, lugar donde admitió conocer las torturas a jóvenes secuestrados.
El bloque de la complicidad eclesiástica se compone de 25 dirigentes religiosos emblemáticos que garantizaron la impunidad. Ellos son: Victorio Bonamín, Adolfo Tortolo, Antonio Plaza, Christian Von Wernich, Aldo Vara, José Eloy Mijalchyk, Juan Carlos Aramburu, Pío Laghi (nuncio apostólico), Emilio Teodoro Grasselli, Alejandro Cacabelos Viganó, Francisco Coscarelli, Felipe Pelanda López, Normando Requena Pérez, Franco Reverberi Boschi, Alberto Ángel Zanchetta, Hugo Mario Bellavigna, Oscar Moreno, Severino Julio Silva, Eugenio Zitelli, Juan Rodolfo Laise, Dante Inocencio Vega, José Miguel Medina, Octavio Derisi, Desiderio Collino e Ítalo Di Stéfano. Este grupo permitió a la dictadura operar bajo un manto de aparente normalidad cristiana.
La controversia en torno a Jorge Bergoglio
La figura de Jorge Bergoglio, quien en 2013 fue electo Papa, ocupó un lugar de intenso debate en el análisis histórico de la dictadura, en especial cuando fue nombrado como obispo de Roma.
En aquellos años, Bergoglio ejercía el cargo de superior provincial de la Compañía de Jesús en la Argentina. Investigaciones periodísticas lo acusaron de desproteger a sacerdotes identificados con la teología de la liberación.
El caso más emblemático involucra a los jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jálics, quienes sufrieron el secuestro y la tortura en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA) durante aproximadamente ocho meses. El periodista Horacio Verbitsky señaló que Bergoglio los hostigó y los dejó sin amparo frente a la represión ilegal.
Por otra parte, los documentos históricos muestran que familiares de desaparecidos acudieron a su figura en busca de respuestas. En el testimonio judicial de Estela De la Cuadra, consta que Bergoglio recibió a su padre y le facilitó un contacto mediante una nota escrita para averiguar el paradero de las víctimas de su familia.
En 2005, el entonces arzobispo de Buenos Aires impulsó la apertura de la causa de canonización de los mártires de la llamada masacre de San Patricio.
Mientras los críticos interpretaron este acto como un intento de limpiar su historia personal frente a las acusaciones del pasado, otros sectores políticos e institucionales rechazaron de plano las imputaciones en su contra y defendieron su trayectoria de forma tajante.
El martirio y la profecía: los opositores al terror
Frente a la claudicación ética de la jerarquía, surgió un movimiento de resistencia. Monseñor Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, representa el símbolo máximo de la fe con opción por los pobres. Angelelli fue asesinado el 4 de agosto de 1976 a través de una maniobra automovilística provocada en la ruta nacional 38.
En la masacre de San Patricio, ocurrida el 4 de julio de 1976 en el barrio porteño de Belgrano, fueron asesinados los sacerdotes palotinos Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Dufau, junto a los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti.
Las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet sufrieron el secuestro en la Iglesia de la Santa Cruz por orden del represor ilegal Alfredo Astiz y luego resultaron asesinadas en los infames vuelos de la muerte.
La resistencia forjó una alianza inédita entre algunas iglesias cristianas y la comunidad judía. Los obispos metodistas Federico Pagura y Aldo Etchegoyen, junto al pastor Carlos Gattinoni, ofrecieron sus templos como lugares de reunión segura para los incipientes organismos de derechos humanos.
En el ámbito del judaísmo profético, el rabino Marshall Meyer y el dirigente Herman Schiller fundaron el Movimiento Judío por los Derechos Humanos.
Meyer alzó la voz contra la dictadura y visitó a presos políticos, para luego integrar la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (Conadep) en tiempos democráticos.
Este grupo de 25 opositores, varios de ellos mártires, se integra con Enrique Angelelli, Alice Domon, Léonie Duquet, Alfredo Kelly, Alfredo Leaden, Pedro Dufau, Salvador Barbeito, Emilio Barletti, Gabriel Longueville, Carlos de Dios Murias, Wenceslao Pedernera, Carlos Ponce de León, Marshall Meyer, Federico Pagura, Aldo Etchegoyen, Jorge Novak, Jaime de Nevares, Miguel Hesayne, Herman Schiller, Roberto Graetz, Baruj Plavnick, Carlos Gattinoni, Orlando Yorio, Francisco Jálics e Ivonne Pierron.
El coraje y la integridad de quienes se opusieron al terror durante la dictadura dejaron una huella indeleble en la historia. Sus vidas, marcadas por el compromiso con los valores humanos y la justicia, inspiran hoy la lucha por la memoria, la verdad y los derechos humanos fundamentales.
El martirio de varios de estos hombres y mujeres nos interpela a no claudicar ante la injusticia y a sostener la esperanza de una sociedad más digna, plural y solidaria.
Nota de R.: La fotografía inicial, donde el dictador Jorge Rafael Videla reza arodillado en una misa en la Capilla Stella Maris, Buenos Aires, en 1981, fue tomada por el reportero gráfico Eduardo Longoni.
«Memoria 50» es una serie de artículos por el 50° aniversario del inicio de la última dictadura cívico-militar argentina, que se conmemorará el 24 de marzo de 2026. Puedes leer el resto de los artículos aquí.
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