Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe… la paciencia del periodista


Cuando una persona utiliza la expresión “Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe”, quiere decir que si hacemos muchas veces una cosa peligrosa, al final tenemos problemas. Y así sucede con una práctica que realizan algunos relacionistas públicos con los periodistas.

Me refiero al envío casi compulsivo de comunicados y materiales de prensa vía correo electrónico.

Por ejemplo, el 2 de enero de 2019 a las 16.51 recibí una “nota de prensa” cuyo asunto se refería a un tema de tecnologías de la información y la comunicación.

El remitente había empezado bien porque se expresó en forma educada: “Esperamos que sea de tu interés y agradecemos su publicación”.

Al día siguiente, a las 16.50, llegó de nuevo la misma nota de prensa, sin variar una sola coma, y sin explicar cuál era el motivo o la razón de repetir el envío.

Existe una variante de esta modalidad: en vez de repetir el envío al día siguiente, se aguarda unos días y se lo reitera, sin agregar nada novedoso respecto a la primera nota de prensa.

La práctica se refina con la siguiente variante: se envía una nota de prensa y unos días o semanas después, sobre ese mismo mensaje que se reenvía sin variante alguna, se antecede un texto, algunas veces personalizado, que dice algo así, palabras más, palabras menos:

Hola Como estas? (sic, sin acentos y sin signo de apertura de interrogación):

Solo te vuelvo a molestar (por lo menos admite que es molesto…) para saber si te interesó el material de XIOX?” (de nuevo sin el signo de apertura de interrogación).

Por ahora, y felizmente, no es una práctica extendida, pero el tiempo que se pierde en abrir el mensaje repetido, leerlo y comprobar que no hay nada nuevo, es irrecuperable.

El trabajo que lleva esa comprobación lleva sólo unos segundos, pero si lo sumas todos los días, semanas y meses del año, al final es un tiempo valioso que se perdió.

Entre las prácticas laborales que comencé a aplicar este año 2019, inspiradas en la lectura del muy recomendable libro “La fábrica de tiempo” de mis amigos y colegas Martina Rúa y Pablo Martín Fernández, se encuentra la siguiente: ante un envío de correo electrónico que incurre en estas modalidades, marco al remitente como “spam” (correo basura), para que no me rompa más la paciencia ni me quite tiempo.

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