La incorporación de sistemas digitales en la escuela secundaria dejó atrás los pronósticos teóricos para asentarse en la práctica diaria de los colegios. Frente a este panorama, la Nueva Escuela Argentina 2000, un colegio del barrio porteño de Belgrano , optó por analizar la interacción de su comunidad educativa con la inteligencia artificial (IA).
A través de un sondeo propio, la dirección buscó precisar las plataformas de inteligencia artificial más utilizadas, los patrones de frecuencia y el tipo de actividades que los estudiantes delegan o refuerzan mediante estos soportes.
El estudio quedó bajo la supervisión de Horacio Storni, rector del ciclo secundario de la institución, quien cuenta con dos décadas de trayectoria en la gestión educativa y una especialización en el área por parte de FLACSO.
El censo abarcó a la totalidad de la matrícula del nivel, compuesta por 244 jóvenes. Las conclusiones evidencian una adopción casi absoluta de estas herramientas de inteligencia artificial : 234 alumnos admitieron su uso para resolver tareas de la escuela, mientras que apenas 10 manifestaron lo contrario. Esto representa un índice del 96 por ciento.
En cuanto a la regularidad de su empleo, 178 estudiantes marcaron la opción «A veces», 56 indicaron que recurren a ella «Siempre» y solo 10 señalaron la alternativa «Nunca».
Las valoraciones subjetivas de los alumnos abren un debate. Un grupo de 203 adolescentes considera que estas tecnologías de inteligencia artificial les permiten asimilar contenidos con mayor velocidad o conseguir calificaciones más altas. Por el contrario, 31 jóvenes argumentan que el aporte resulta escaso. Esta disparidad ratifica que la mayoría asocia la herramienta con valores de inmediatez y rendimiento práctico.
El origen del diagnóstico y el rechazo a la prohibición de la inteligencia artificial
Los indicios que motivaron este estudio surgieron en la rutina de las clases. Al respecto, Storni me relató el origen de la iniciativa: «El relevamiento surge en la segunda mitad de 2025 porque nuestros docentes empezaron a notar su presencia en producciones y tareas, especialmente vinculadas con la lectoescritura».
En lugar de aplicar bloqueos informáticos, las autoridades decidieron recopilar datos precisos. El rector añadió sobre el contexto temporal: «Dado que las IA generativas están disponibles al público desde fines de 2022, para mediados de 2025 notamos un uso generalizado y extendido».
Para los directivos, restringir el acceso de la inteligencia artificial nunca formó parte de la planificación pedagógica. Storni dijo al respecto: «Francamente nunca pensamos en la censura como una opción pedagógicamente válida: su irrupción ya masiva y su carácter innovador nos llevó a preguntarnos más sobre sus usos que a intentar prohibirlos».
La decisión de formalizar esta discusión también recibió el impulso de debates similares en otros colegios de la región.
A pesar de mantener una predisposición receptiva, la dimensión de las cifras finales causó asombro en el equipo de conducción. El rector confesó: «La verdad es que nos resultó un poco sorprendente. Esperábamos un número alto de estudiantes pero no con este nivel de universalidad».
El directivo atribuyó esta generalización a la promesa de inmediatez y a la interfaz accesible de las plataformas de inteligencia artificial. Los registros exhiben además que los alumnos de los primeros años muestran menor adopción, mientras que en los cursos superiores el uso es total.
La tensión de las normas frente a la velocidad digital
La inserción de la inteligencia artificial modificó el cumplimiento de los deberes y tensionó el vínculo entre el alumnado, el cuerpo docente y los reglamentos tradicionales. Durante la recopilación de datos, los jóvenes manifestaron una inquietud constante sobre las eventuales trabas que impondría el colegio.
Storni analizó este temor como un reflejo de fricciones profundas: «Es profunda e interesante la pregunta porque no era el espíritu del estudio buscar formas de impedir».
Según su mirada, los estudiantes que formularon dicho interrogante «fueron aquellos que se animaron a blanquear que entre la escuela y el desarrollo tecnológico tan veloz hay un terreno de tensión y que los propios alumnos podrían ser agentes de ese potencial conflicto». De este modo, los adolescentes perciben de forma directa cómo cambian pautas históricas en torno a la autoría y la verificación del saber.
Ante este escenario, la conducción de la escuela plantea que la clave reside en la honestidad de los lazos escolares, un asunto previo a la existencia de cualquier algoritmo.
El rector definió el problema como «la punta de un iceberg que siempre estuvo presente, pero ahora se vuelve imperioso abordar: la construcción de relaciones transparentes y honestas entre docentes y alumnos». Por ende, el camino no contempla sanciones automáticas.
Storni detalló la postura institucional frente al dilema de los jóvenes: «Si de un lado se nos pregunta cómo pensamos impedirle, del otro respondemos que no lo pensamos hacer, pero sí aspiramos a trabajar sobre producciones propias, imperfectas, con margen para la mejora».
La meta pedagógica consiste en el desarrollo de capacidades cognitivas superiores como la abstracción y la argumentación. El educador concluyó: «Si nuestros alumnos desean llegar a este tipo de habilidades, y confían en que sus docentes los ayudarán a alcanzarlas, es mucho más probable que la discusión sobre la prohibición del uso de la inteligencia artificial pase a un segundo plano».
Diferencias marcadas según las disciplinas académicas
Los resultados del relevamiento varían de modo notable según la materia escolar. Las áreas asociadas al análisis textual y la redacción de ideas muestran la mayor concentración de usuarios de inteligencia artificial.
En ciencias sociales, 205 estudiantes eligen estas aplicaciones de inteligencia artificial, frente a 30 que prescinden de ellas. En lengua y literatura, la proporción es de 157 usuarios frente a 78 abstenciones.
La tendencia se modifica de forma drástica en el área de matemática, donde se observa un equilibrio absoluto: 117 alumnos usan la asistencia tecnológica de la inteligencia artificial y 118 no la emplean. Esta simetría indica que los jóvenes evalúan la utilidad del recurso de acuerdo con la naturaleza de cada conocimiento.
En otras materias los matices persisten. En los talleres artísticos, 14 alumnos aprovechan la inteligencia artificial contra 133 que la evitan. En asignaturas tecnológicas, 54 recurren a ella y 181 se mantienen al margen.
Por el contrario, en ciencias naturales (biología, física y química), 162 estudiantes buscan soporte digital contra 73 que no lo hacen. En la ejercitación para exámenes internacionales IGCSE, 168 alumnos incorporan la herramienta de inteligencia artificial y 67 prescinden de ella.
El motivo de esta segmentación surgió en los diálogos con los propios adolescentes. Storni sintetizó la postura común de los jóvenes con una premisa: «La inteligencia artificial sirve para resolver consignas de lectoescritura, pero no tanto para problemas de las ciencias exactas». Si bien esta afirmación carece de un fundamento técnico estricto, ilustra el modo en que el estudiantado adopta el recurso.
La lectura profunda y la redacción original requieren lapsos prolongados de atención, exigencias que colisionan con la cultura de la inmediatez de las nuevas generaciones. En este contexto, la máquina surge como un atajo frente a tareas que demandan un proceso reflexivo individual.
Los datos detallados confirman esta interpretación. Un grupo de 135 estudiantes acude al software de inteligencia artificial para solicitar aclaraciones de conceptos complejos y 127 lo utiliza como motor de búsqueda.
Sin embargo, aparecen conductas más complejas desde la óptica pedagógica: 84 alumnos piden resúmenes abstractos, 35 delegan en la inteligencia artificial la confección íntegra de un escrito y 43 solicitan reescrituras de textos.
En el área de lengua, 61 jóvenes usan el sistema de inteligencia artificial para el análisis literario, 57 demandan síntesis automatizadas y 17 obtienen textos de ficción completos como cuentos o ensayos.
Por el contrario, en matemática los objetivos se vinculan con el aprendizaje de procedimientos. Un total de 76 alumnos solicita a la inteligencia artificial el desglose paso a paso de un ejercicio, otros 76 usan la pantalla para validar resultados propios y 44 buscan asimilar la teoría detrás de una función. Solo 19 admiten que buscan la respuesta final sin mediación de explicaciones.
La disparidad es rotunda: en ciencias exactas la herramienta de inteligencia artificial funciona como un tutor de verificación, mientras que en las disciplinas humanísticas corre el riesgo de suplantar la creación del alumno.
El límite pedagógico entre la asistencia y el reemplazo intelectual
El núcleo de la discusión actual no gira en torno a la presencia de la inteligencia artificial en los colegios, dado que su inserción en la cotidianidad es un hecho comprobado. El verdadero dilema consiste en discriminar los usos de ampliación de aquellos que implican una sustitución del esfuerzo cognitivo indispensable.
La ampliación ocurre cuando el dispositivo permite destrabar una dificultad sin anular el rol activo del estudiante. Funciona para revisar un método de resolución, organizar grandes volúmenes de datos o repasar conceptos mediante cuestionarios de práctica. En estos casos, la tecnología aporta una capa de soporte que no desplaza el razonamiento ni el compromiso con el aprendizaje.
En cambio, la sustitución se manifiesta cuando el alumno elude el núcleo del trabajo intelectual. Este grupo abarca la entrega de monografías elaboradas en su totalidad por software, la resolución automática de guías de estudio y el uso de resúmenes artificiales para evitar la lectura de la bibliografía obligatoria.
El informe institucional advierte además que estas cifras podrían ser aún más elevadas, dado que el temor a las sanciones disciplinarias suele atenuar la declaración de una dependencia real de estos sistemas.
Storni remarcó esta preocupación en las conclusiones del documento: «La valoración positiva de los chicos es generalizada, pero nos queda el desafío de determinar institucionalmente qué es un uso aumentativo y qué es una mera sustitución de capacidades».
El rector planteó un aspecto crítico para los docentes: «Acá aparece, en mi opinión, uno de los problemas más grandes que afrontamos los educadores: como explicar que la producción instantánea de texto o una versión simplificada de un texto más complejo que debo leer, en el mejor de los casos no me enseña ni a leer ni a escribir».
El peligro se incrementa ante la presencia de errores o sesgos conceptuales en las respuestas generadas por los algoritmos, lo cual vulnera la voz propia y el juicio crítico de los alumnos.
La redefinición de las prácticas docentes y los métodos de evaluación
Con el fin de mitigar las prácticas sustitutivas, las instituciones escolares se ven obligadas a modificar las formas de enseñanza y evaluación. Las asignaciones para realizar en el hogar perdieron fiabilidad, puesto que cualquier estudiante puede obtener un trabajo articulado en pocos segundos.
Ante esta realidad, la Nueva Escuela Argentina 2000 implementó modificaciones operativas. El directivo puntualizó los cambios recientes: «En este último año se han producido cambios en la forma de enseñar: casi todas las producciones escritas se realizan dentro del aula por ejemplo».
La identificación de usos que obturan el aprendizaje no depende de filtros tecnológicos de control, sino de la pericia y el conocimiento del docente sobre su grupo. El rector afirmó: «La detección de tareas realizadas por IA como anuladoras del aprendizaje del estudiante presupone un conocimiento personal de los estudiantes por parte del docente. Sus cualidades, sus fortalezas y debilidades».
Esta proximidad pedagógica permite detectar giros idiomáticos atípicos, inconsistencias en el rendimiento y propiciar una conversación directa con el alumno acerca de su entrega.
Storni concluyó sobre el valor del encuentro humano en las aulas: «Todo diálogo e intercambio personal entre el adolescente y su docente, basado en una producción escrita o de cualquier otra índole, será un insumo valioso para evaluar el desarrollo del pensamiento crítico y de cualquier otra habilidad».
De esta forma, el rol del profesorado trasciende la mera fiscalización y se enfoca en el acompañamiento del proceso intelectual.
Nota de R.: Este artículo acerca de la aplicación de la inteligencia artificial en el ciclo secundario fue publicado originalmente en iProfesional.
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