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Un operador tecnológico llamado The Quantum Alliance anunció la construcción de ocho centros de cómputo avanzado repartidos en seis países de América latina.

La red de The Quantum Alliance procesará cargas de inteligencia artificial (IA), aplicará seguridad postcuántica sobre datos críticos y ofrecerá acceso regional a recursos de computación cuántica. La primera etapa del proyecto demandará una inversión de entre 50 y 60 millones de dólares.

Los tres primeros nodos de The Quantum Alliance entrarán en funcionamiento entre 2027 y 2028 y se van a ubicar en Buenos Aires, la Patagonia y San Pablo. Después va a llegar el turno de Bogotá, Santiago de Chile, Lima, México y Río de Janeiro, siempre bajo una arquitectura federada que mantiene la información sensible dentro de la jurisdicción de cada país.

Detrás de la iniciativa de The Quantum Alliance está el argentino Facundo Díaz (en la imagen superior), que busca reducir la dependencia de gobiernos, bancos e industrias respecto de las nubes de proveedores extranjeros.

Cada centro de The Quantum Alliance combinará tres capas de tecnología: procesamiento gráfico para entrenar e inferir modelos de inteligencia artificial, almacenamiento resistente a futuros ataques cuánticos y conexión directa con plataformas de computación cuántica.

Para Díaz, el problema de la región no pasa por la falta de ideas ni de talento técnico, sino por la ausencia de infraestructura física propia que garantice autonomía. Esa dependencia, sostuvo, es una debilidad de fondo que ya no pueden ignorar los directorios de las compañías locales. De ese diagnóstico nació este operador regional.

¿Qué implica que un país tenga soberanía sobre sus datos y su IA?

Tener soberanía sobre los datos y la inteligencia artificial implica dejar de depender solo de servicios extranjeros y garantizar que la información sensible no cruce fronteras sin control. No se trata de un cierre nacionalista de la tecnología, sino de sostener el manejo real y la posibilidad de recuperar los activos de información en cualquier momento.

Díaz me explicó que la soberanía de datos se puede medir con tres preguntas simples. La primera tiene que ver con dónde está alojado físicamente el servidor y qué legislación rige sobre él. La segunda pregunta apunta a quién guarda las llaves de cifrado. Si solo la empresa posee esa clave, ningún proveedor puede entregar o descifrar la información aunque lo ordene un tribunal de otro país.

La tercera pregunta es si el servicio puede revertirse sin costos desproporcionados. Si cambiar de proveedor demanda tres años de trabajo y la mitad del presupuesto anual, la empresa no controla su información, sino que queda cautiva de esa plataforma.

Según informes de reguladores internacionales, hoy menos del uno por ciento de los clientes cambia de proveedor de nube cada año, un dato que expone el nivel de dependencia actual del mercado.

A esto se agrega el riesgo de entrenar modelos de lenguaje con información propia. Cuando una compañía comparte datos de clientes o balances financieros para que un modelo externo responda sus consultas, en los hechos entrega gratis su activo más valioso, porque esa información termina mejorando la tecnología de un tercero que después puede competir contra ese mismo negocio.

La salida no exige construir modelos gigantes que cuesten miles de millones de dólares. Alcanza con instalar modelos de lenguaje chicos y específicos dentro de la propia infraestructura de la empresa, lo que permite mantener el dato bajo control local, con gastos previsibles y sin exposición a leyes de otros países.

¿Qué es el ataque «cosechar ahora, descifrar después»?

El ataque conocido como «cosechar ahora, descifrar después» consiste en interceptar y guardar de manera masiva e ilegal tráfico de datos cifrados en el presente, para descifrarlos más adelante, cuando la computación cuántica alcance el desarrollo necesario.

Esta práctica, que ejecutan agencias estatales y bandas de cibercrimen organizado, cambia por completo la manera en que las organizaciones deben pensar el riesgo informático.

La lógica de este ataque es simple y económica, porque almacenar datos hoy cuesta poco. Los atacantes juntan bases financieras, historias clínicas, expedientes judiciales y secretos industriales protegidos todavía por sistemas de cifrado clásicos como RSA. No pueden leerlos en este momento, pero los guardan a la espera de contar con una máquina cuántica capaz de correr el algoritmo de Shor.

Ese algoritmo matemático, formulado en 1994, puede romper la base sobre la que se apoya buena parte de la seguridad de internet, desde los certificados del home banking hasta las firmas digitales de un contrato. Mientras un procesador tradicional prueba un camino a la vez, una computadora cuántica puede recorrer todas las alternativas al mismo tiempo y resolver en minutos cálculos de altísima complejidad.

Díaz advirtió que el ataque no arranca el día en que la máquina cuántica esté lista, sino que ya arrancó hoy. Para dimensionar el riesgo, el fundador de The Quantum Alliance recurrió a la regla de Michele Mosca.

Esta establece que si la suma del tiempo que un dato debe seguir siendo secreto más el tiempo que demanda migrar la infraestructura de ciberseguridad supera al tiempo que falta para tener una computadora cuántica relevante, la organización ya tiene un problema urgente.

Esa cuenta no cierra en casi ningún país de América latina. Un secreto industrial o una posición de negociación de un Estado necesitan protección durante veinte años como mínimo, y migrar un sistema complejo demanda al menos una década de trabajo coordinado.

¿Por qué las empresas empiezan a preferir modelos de lenguaje más chicos?

Las empresas empiezan a preferir modelos de lenguaje más chicos porque resultan mucho más económicos de operar, se especializan en tareas puntuales y funcionan cerca del dato físico, bajo control directo de cada organización.

El negocio de los modelos gigantes de uso general, que hoy domina la conversación pública, enfrenta una crisis de sustentabilidad financiera que tarde o temprano va a impactar en lo que pagan las empresas.

Los balances de proveedores globales de inteligencia artificial generativa muestran esa tensión. OpenAI, por ejemplo, cerró 2025 con ingresos de 13.000 millones de dólares pero con pérdidas operativas cercanas a los 21.000 millones, un desequilibrio que confirma la ineficiencia del cómputo de uso general.

La industria ya empezó a trasladar ese costo con subas silenciosas en las suscripciones corporativas, que en algunos casos llegaron al 43 por ciento.

A ese encarecimiento se suma la vida útil corta de los modelos en la nube, fijada de manera unilateral por el proveedor extranjero en apenas 12 o 18 meses. Eso obliga a las empresas a un trabajo recurrente de ajuste y evaluación de prompts que ningún presupuesto había contemplado originalmente.

Los modelos de lenguaje chicos aparecen como la salida a ese callejón sin salida comercial. Datos de Nvidia muestran que operar un modelo de 7.000 millones de parámetros cuesta entre 10 y 30 veces menos que sostener un modelo gigante de uso general, y que un modelo compacto bien optimizado ya supera a estructuras mucho más grandes en tareas matemáticas puntuales.

Díaz sostuvo que para el 80 por ciento de los procesos críticos de una empresa no hace falta el modelo más grande del mundo, sino el modelo correcto, capaz de correr bajo control propio.

La consultora Gartner proyecta que hacia 2027 los modelos chicos y específicos van a triplicar el uso de los grandes sistemas de propósito general.

¿Cómo funcionarán los ocho centros que planea instalar The Quantum Alliance?

La red que arma The Quantum Alliance funcionará con un modelo federado y distribuido, pensado para resistir fallas, con ocho centros físicos repartidos en seis países. La primera etapa del despliegue demanda una inversión inicial de entre 50 y 60 millones de dólares y apunta a instalar nodos en puntos clave del Cono Sur y de la región andina.

Los primeros tres centros de The Quantum Alliance, que estarán activos entre 2027 y 2028, se levantarán en Buenos Aires, la Patagonia y San Pablo. Cada uno de estos espacios va a contar con tres capas tecnológicas.

Por un lado, un clúster de procesamiento gráfico de alta velocidad para entrenar e inferir modelos de inteligencia artificial. También, almacenamiento con seguridad postcuántica que resguarda la información bajo las leyes locales. Y, por último, nodos con acceso directo a computación cuántica.

El centro patagónico de The Quantum Alliance funcionar+a casi como un refugio térmico para el cómputo, porque las temperaturas bajas de esa zona del sur argentino permiten enfriar los servidores de forma pasiva y aprovechar además el potencial eólico de la región.

El centro de The Quantum Alliance en San Pablo, en cambio, operará como el núcleo industrial y financiero de la red, con interconexión directa a los sistemas bancarios y bursátiles de Brasil.

Los otros cinco hubs de The Quantum Alliance se sumarán de manera progresiva en Bogotá, Santiago de Chile, Lima, Ciudad de México y Río de Janeiro.

Toda la red se apoya en una tecnología que la compañía llama «hub cell», que permite replicar la misma arquitectura de procesamiento como si fuera un molde de software, tanto en centros de datos de socios locales como en las oficinas de las propias empresas clientes, sin que The Quantum Alliance tenga que levantar edificios nuevos desde cero.

Esa lógica de red compartida busca resolver una limitación que ningún país de la región puede afrontar en soledad. Sumada, toda la capacidad en megavatios de los principales mercados latinoamericanos apenas llega a una cuarta parte de la que tiene el norte de Virginia, en Estados Unidos. Solo a escala regional se justifica una inversión tecnológica de esta magnitud.

¿Qué debe hacer hoy un responsable de tecnología para anticiparse al riesgo cuántico?

Un responsable de tecnología que quiera proteger a su organización debería hacer, ya mismo, un inventario cripto completo y sumar cláusulas de agilidad en los contratos con todos sus proveedores tecnológicos.

Ninguna de las dos medidas exige una inversión de capital importante, y ambas permiten diagnosticar con precisión el estado actual de la ciberseguridad y prepararse para los cambios de algoritmos que van a suceder durante esta década.

El inventario cripto es el primer paso obligado para cualquier plan de defensa. Consiste en responder tres preguntas básicas que, sin embargo, la mayoría de los responsables de tecnología no puede contestar hoy con precisión.

La primera es qué algoritmos de cifrado usa la organización en sus canales de comunicación. La segunda, dónde están alojados físicamente esos módulos criptográficos. Y la tercera, cuánto tiempo necesita seguir protegida la información sensible que manejan.

Una vez terminado ese inventario, la prioridad debe recaer sobre los activos que requieren protección a largo plazo, como bases de datos de clientes, copias de seguridad históricas, historias clínicas o contratos de exploración. Los datos que pierden valor en pocos meses pueden esperar a etapas posteriores sin poner en riesgo la defensa general de la empresa.

El segundo paso es la agilidad criptográfica, es decir, la capacidad de un sistema para reemplazar un algoritmo de seguridad por otro de manera rápida, sin necesidad de rediseñar toda la arquitectura de software.

Las fallas detectadas en algoritmos candidatos durante revisiones internacionales recientes demostraron que ningún esquema de cifrado es infalible para siempre, así que conviene apostar a la flexibilidad antes que a una única solución fija.

Díaz concluyó que alcanza con dos acciones, el inventario cripto y las cláusulas de agilidad en los contratos, para que una compañía quede por delante de más de la mitad del mercado este mismo año.

Nota de R.: Este artículo acerca de The Quantum Alliance fue publicado originalmente en iProfesional


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César Dergarabedian

Soy periodista. Trabajo en medios de comunicación en Buenos Aires, Argentina, desde 1986. Especializado en tecnologías de la información y la comunicación. Analista en medios de comunicación social graduado en la Universidad del Salvador. Ganador de los premios Sadosky a la Inteligencia Argentina en las categorías de Investigación periodística y de Innovación Periodística, y del premio al Mejor Trabajo Periodístico en Seguridad Informática otorgado por la empresa ESET Latinoamérica. Coautor del libro "Historias de San Luis Digital" junto a Andrea Catalano. Elegido por Social Geek como uno de los "15 editores de tecnología más influyentes en América latina".

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