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El 30,8% de los adultos que viven en las principales ciudades argentinas considera que no consiguió las cosas importantes que se propuso en la vida. El dato surge de la última edición de la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA), que realiza cada año el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina (UCA).

La frustración, según el estudio, no se reparte de manera pareja: pesa mucho más entre los sectores con menos recursos, entre los jóvenes y entre quienes no terminaron el secundario.

El indicador, con datos correspondientes al año 2025, se conoce técnicamente como «déficit de logros» o «metas no alcanzadas» y mide el porcentaje de personas que están nada o poco de acuerdo con haber conseguido lo que consideran importante en su vida. Es decir, casi tres de cada diez adultos siente que su historia personal no fue la que esperaba.

La desigualdad también se siente por dentro

El primer hallazgo del informe confirma algo que la macroeconomía por sí sola no explica: la sensación de fracaso vital tiene una fuerte raíz social. En los hogares de nivel socioeconómico medio alto, solo el 14,9% dice no haber logrado sus metas.

Entre los sectores de nivel muy bajo, la cifra se triplica y llega al 49,7%. Es decir, uno de cada dos habitantes de los sectores más postergados percibe que su vida no cumplió con lo que esperaba.

La pobreza por ingresos repite el mismo patrón: entre las personas pobres, el déficit de logros alcanza el 48,5%, frente al 24,5% entre quienes no son pobres. La brecha entre el estrato bajo marginal (47,4%) y el medio profesional (13,2%) va en la misma dirección.

Por regiones, el porcentaje más bajo se registra en la Capital Federal (23,9%), mientras que en el resto del país los valores son más altos.

Los jóvenes, los más golpeados

Uno de los datos que más llama la atención rompe con la idea de que la insatisfacción crece con la edad. En la Argentina, quienes más sienten que no lograron lo importante en su vida son los adultos de entre 18 y 34 años: un 35,9% lo declara así, la proporción más alta entre todos los grupos etarios. Entre los mayores de 75 años, el indicador baja al 13,1%, el valor más bajo de toda la serie.

Los investigadores del ODSA lo atribuyen, en parte, al horizonte de expectativas: los jóvenes todavía tienen por delante buena parte de su proyecto de vida y por eso perciben con más fuerza la distancia entre lo que esperaban y lo que consiguieron hasta ahora.

También influye el contexto laboral: la informalidad y el desempleo golpean con particular dureza a los sectores más jóvenes de la población económicamente activa.

La educación, un resguardo que no alcanza para todo

El nivel educativo marca otra diferencia considerable. Entre quienes no terminaron el secundario, el 40,3% percibe que no alcanzó sus metas. Entre quienes sí completaron ese nivel o alcanzaron uno superior, el porcentaje baja al 24%. La brecha es de 16 puntos y confirma que la escolaridad funciona como una especie de protección frente a la frustración vital, aunque no la elimina.

Dónde pesa más la insatisfacción cotidiana en la vida

El informe también repasa cómo evalúan los argentinos distintos aspectos de su vida diaria. El trabajo es, por lejos, el ámbito que genera más malestar: el 19,7% de la población ocupada dice sentirse poco o nada satisfecha con su empleo. Le sigue la salud (14,6%), la vida en general (12,9%) y, en último lugar, la vida familiar (6,2%), el vínculo mejor evaluado.

La brecha social vuelve a aparecer en cada dominio. La insatisfacción laboral trepa al 37,6% entre los sectores de nivel muy bajo y baja al 12,8% en el estrato medio alto. Con la salud sucede algo parecido: el 27% de los sectores más postergados se declara insatisfecho con su estado de salud, frente a solo el 5,9% en los sectores de mayores ingresos.

Cuando la frustración se retroalimenta

Uno de los cruces más contundentes del informe tiene que ver con la relación entre la insatisfacción y la percepción de fracaso vital. Entre las personas que están insatisfechas con su vida en general, el 68% también declara que no logró las cosas importantes que se propuso. Entre quienes están satisfechos con su vida, esa proporción baja al 25%.

El cruce entre ambas variables profundiza todavía más las diferencias que ya marca la pobreza. En el estrato socioeconómico muy bajo, el 77,2% de quienes están insatisfechos con su vida reporta metas no alcanzadas. Pero incluso entre los que se declaran satisfechos dentro de ese mismo sector, el porcentaje llega al 41,6%, una cifra casi tan alta como el promedio de insatisfacción de los sectores más acomodados.

Entre los jóvenes insatisfechos con su vida, ocho de cada diez sienten que no lograron lo importante, la cifra más alta de todo el estudio. La combinación de juventud, pobreza e insatisfacción actúa como un multiplicador de la frustración.

Quince años de bienestar bajo tensión

El ODSA mide distintos indicadores de bienestar subjetivo desde 2010, primero con la serie Bicentenario y luego con la serie «Agenda para la equidad». La serie larga permite ver que el malestar actual no es un fenómeno pasajero, sino una tendencia que se afianzó en los últimos años.

El déficit de proyectos personales, por ejemplo, bajó entre 2010 y 2016, pero desde 2017 subió de forma sostenida hasta ubicarse en el 16,1% en 2025, uno de los valores más altos de toda la serie. El malestar psicológico, que mide síntomas de ansiedad y depresión, sigue el mismo rumbo: pasó del 18,4% en 2010 al 28,1% en 2025.

El propio estudio describe una Argentina que todavía no cerró el capítulo de la última crisis económica: hay señales de que la macroeconomía se estabiliza, pero conviven con un clima de incertidumbre y angustia que no cede, y que golpea sobre todo a quienes tienen menos margen para amortiguarlo.

Una desigualdad que también se vive puertas adentro

Más allá de los porcentajes, el informe deja una idea que atraviesa todos los indicadores: la desigualdad social no solo se mide en ingresos, acceso a la salud o nivel educativo. También se expresa en la forma en que cada persona evalúa su propia vida. Quienes viven en condiciones más difíciles no solo tienen menos oportunidades objetivas de progreso, sino que además se sienten peor con lo que consiguieron hasta ahora.

Para los autores del estudio, esa combinación (menos recursos materiales junto con más insatisfacción subjetiva) funciona como un retrato de la falta de movilidad social en la Argentina reciente. La sensación de no haber logrado lo importante, sostienen, no es solo un asunto individual: también es un síntoma de una sociedad donde el punto de partida todavía pesa demasiado sobre el punto de llegada.


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César Dergarabedian

Soy periodista. Trabajo en medios de comunicación en Buenos Aires, Argentina, desde 1986. Especializado en tecnologías de la información y la comunicación. Analista en medios de comunicación social graduado en la Universidad del Salvador. Ganador de los premios Sadosky a la Inteligencia Argentina en las categorías de Investigación periodística y de Innovación Periodística, y del premio al Mejor Trabajo Periodístico en Seguridad Informática otorgado por la empresa ESET Latinoamérica. Coautor del libro "Historias de San Luis Digital" junto a Andrea Catalano. Elegido por Social Geek como uno de los "15 editores de tecnología más influyentes en América latina".

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