50 años, 50 amigos: Rubén Levenberg

A las 18.15 del 27 de marzo de 2015 entró al bar Margot Rubén Levenberg, uno de mis 50 invitados para celebrar mis 50 años, una idea sobre la cual puedes leer más en esta nota.

“No sé si dejé al periodismo o el periodismo me dejó a mí”. Esta frase filosa describe a este gran profesional del periodismo y mejor persona que me honra con su amistad.

Durante algo más de tres horas en este hermoso bar del barrio porteño de Boedo, compartí con Rubén un rico diálogo sobre el periodismo y su vida.

Orgullosamente calvo, de ojos chicos, mirada fija, de hablar calmo y pausado, este hombre de 57 años, padre de una quinceañera y simpatizante de Vélez Sarsfield, es docente en la carrera de comunicación social en la Universidad de Buenos Aires y en otros centros de estudios de nivel universitario.

Al momento de reunirnos Rubén preparaba su tesis de doctorado en ciencias sociales. Se define como un hombre “territorial, felino”, que no puede estar más de cinco días fuera de su terruño, de sus ambientes porteños o de su playa preferida, Villa Gesell.

Inventor, una pasión a la que sueña volver una vez que termine su doctorado, practica tai chi, toca la guitarra, participó hasta hace poco en coros, escribe cuentos que no publica. Además de todo eso, Rubén defiende las políticas del kirchnerismo.

Luego de que él tomara dos cortados y una medialuna, y yo, un té y una gaseosa con un sándwich tostado de miga con jamón y queso, seguimos la charla a bordo de su automóvil durante una media hora mientras me acercó a una parada del colectivo que me llevaría a mi casa.

Mientras nos despedíamos dijo, con ese tono medio que mezcla ironía y resignación, algo que lo caracteriza: “Bueno, espero que no te hayas arrepentido de haberme invitado”.

Le respondí que lo volvería a invitar muchas veces más, porque, aunque no se lo dije en ese momento, me deleito y crezco gracias a su sentido común y gran capacidad de análisis y observación, propias de un felino como él.

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