La pampa tenía el ombú


Con el avance de la agricultura y la ganadería, el paisaje pampeano se transformó en forma radical. Los pastizales fueron modificados por sembradíos, nuevas zonas destinadas a pastoreo y construcciones de alambradas, aguadas, huertas y centros de acopios.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Buenos Aires (UBA) dirigido por David Bilenca se dedica a estudiar cuál es el impacto de estas modificaciones en el hábitat y comportamiento de especies autóctonas como venados, armadillos, coipos, aves y reptiles.

Es que la pampa ya no es lo que era. Desde la llegada de los conquistadores hasta hoy, las modificaciones del paisaje no sólo no cesaron sino que se incrementaron.

La actividad agropecuaria es una gigantesca fuerza transformadora de nuestro planeta.

La implantación de agroecosistemas en los pastizales de la pampa argentina modificó sustancialmente su estructura y funcionamiento.

A la expansión agrícola y la masiva adopción del sistema de siembra directa se le sumó la intensificación de la ganadería y obras de infraestructura como caminos y canalizaciones.

“Los ecosistemas fueron progresivamente remplazados por campos de cultivo y de pastoreo, alambrados, aguadas, granjas, huertas y centros de acopio. Cuando esto sucede, son afectados prácticamente todos los procesos y aspectos abordados por la ecología: el comportamiento de los individuos, la dinámica de las poblaciones, la composición y estructura de las comunidades, y la configuración del paisaje. La implantación de agroecosistemas y la intensificación del uso del suelo se encuentran entre las principales fuentes de cambio global y de impacto sobre la biodiversidad”, explicó Bilenca, director del Grupo de Estudios sobre Biodiversidad en Agroecosistemas de la UBA, a la agencia Nex Ciencia, que publicó las fotografías que ilustran esta nota.

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Bilenca y su grupo estudian las respuestas de mamíferos, aves y anfibios a los cambios en el uso del suelo y evalúan las implicancias que estas respuestas tienen para el control, el manejo y la conservación de las especies.

“La agriculturización extendida provocó el reordenamiento territorial de la ganadería; al reducirse la superficie dedicada a esta actividad se generó un aumento de la carga animal en las áreas que aún quedaban disponibles. En muchos casos, esto no fue acompañado por una mayor receptividad forrajera, por lo que se promovió el sobrepastoreo. Esta mayor presencia de ganado suele afectar a herbívoros autóctonos”, dijo Bilenca.

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Uno de los casos mejor documentados en la región es el del venado de las pampas (Ozotoceros bezoarticus), una especie que solía ser abundante en los pastizales de América del sur.

Los investigadores realizaron varias campañas de observación y pudieron determinar que la presencia de venados estuvo restringida a los momentos en los que la hacienda fue retirada de los potreros o cuando la carga ganadera fue lo suficientemente baja como para minimizar la interferencia.

“Esto significa que la conservación del venado demanda que los usos ganaderos y de conservación se encuentren separados, o que el manejo ganadero ofrezca en todo momento potreros en descanso para uso exclusivo de los venados”, explicó Bilenca.

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El equipo también estudia de qué forma la actividad agropecuaria ha impactado en dos especies de armadillos: el peludo (Chaetophractus villosus) y la mulita (Dasypus hybridus).

Analizaron regiones con rastrojo de trigo, cebada, soja, maíz y girasol, pastizales semi naturales y pasturas implantadas destinadas a pastoreo.

En este caso, los investigadores detectaron que los cambios en la abundancia de estas especies obedecen más a las características del terreno que a la expansión agrícola.

El peludo se encuentra con más frecuencia en los rastrojos de soja, ya que la menor altura de la vegetación le facilita el desplazamiento y el escape ante depredadores, así como mayor abundancia de artrópodos y otros alimentos.

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La mulita, en cambio, se encontró en mayor cantidad en pastizales semi naturales, que reciben menores aplicaciones de pesticidas, donde existe mayor cantidad de hormigas, su principal alimento, y material vegetal que acarrean hacia sus cuevas.

Los investigadores estiman que la distribución de ambas especies continuará cambiando en la medida que se pierdan nuevos lotes de pastizal (con efectos negativos para la mulita) o aumente la superficie de soja en la rotación (a favor del peludo).

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En lo que respecta a micromamíferos, los investigadores encontraron un aumento de una especie de pequeño roedor (Calomys) que abundan en los campos de cultivo y una reducción significativa en las muestras de un ratón de pastizal (Akodon azarae), dominantes en ambientes naturales.

También hallaron rastros de actividad de coipos (o falsas nutrias, Myocator coypus) tales como heces, huellas, nidos y cuevas en ambientes acuáticos naturales y artificiales.

“Pudimos ver que en los ambientes artificiales, canalizaciones, zanjas y aguadas hubo una mayor presencia de coipos en los momentos de menor disponibilidad de agua”, afirmó el investigador.

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Bilenca destacó que, en este caso, la actividad humana podría favorecer la proliferación de esta especie en torno a estos elementos artificiales introducidos en el paisaje rural; aunque al mismo tiempo podría reducir la superficie de humedales disponibles para esta especie a escala regional.

En cuanto a aves, las que anidan en pastizales, como por ejemplo el pico de plata (Hymenops perspicillatus), el verdón (Embernagra platensis) y el pecho amarillo (Pseudoleistes virescens), sufrieron una significativa retracción en su distribución en la en la pampa ondulada, la unidad más cultivada de las pampas.

Sin embargo, algunas especies encontraron refugio en el ancho del borde que presentan los caminos y en los paisajes ganaderos dominados por pastizales.

Especies amenazadas como el ñandú (Rhea americana) y el espatillero pampeano (Asthenes hudsoni), por ejemplo, se encuentran exclusivamente en este tipo de paisajes.

“Banquinas, terraplenes y alambradas contribuyen a retener una fracción significativa de la vida silvestre en los agroecosistemas”, afirmó Bilenca.

Pero no todas las especies se retraen a causa de los agroecosistemas. También se estaría produciendo el incremento poblacional de algunas especies que podrían devenir en plaga.

La parte de los cultivos que se pierde durante la cosecha se convierte en alimento para diversas especies.

“Evaluamos la abundancia y distribución de cuatro especies de aves potencialmente plagas en la provincia de Buenos Aires: la torcaza (Zenaida auriculata), la cotorra (Myiopsitta monachus), la paloma picazuro (Patagioenas picazuro) y la paloma de ala manchada (P. maculosa)”, explicó el investigador.

Los resultados preliminares indican que la presencia de arboledas en torno a los lotes agrícolas es un factor limitante de la abundancia de palomas y cotorras.

De izq. a der.: María José Corriale, Agustín Abba, David Bilenca, Carlos González Fischer, Gabriela Agostini, Emmanuel Zufiaurre, Ana Menéndez.
De izq. a der.: María José Corriale, Agustín Abba, David Bilenca, Carlos González Fischer, Gabriela Agostini, Emmanuel Zufiaurre, Ana Menéndez.

“Los agroecosistemas deben producir los alimentos que necesitamos, sin embargo, es necesario que, sin resignar el objetivo productivo, se contemple también otros objetivos como la mitigación del cambio global, la reducción de riesgos de contaminación de acuíferos, el mantenimiento de la correcta provisión de servicios ambientales y la conservación de la biodiversidad, entre otros. Es por eso que aspiramos a proponer pautas para elaborar manuales de buenas prácticas de manejo que puedan conciliar todos estos objetivos: productivos, ambientales y de conservación”, concluyó Bilenca.

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