“¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”

Vivimos tiempos en los que estas palabras aparecen con demasiada frecuencia. La frase “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” fue pronunciada por Caín, tras el asesinato de su hermano Abel.

Todo comenzó cuando Caín comprobó amargamente que sus esfuerzos por alcanzar la aceptación de la cual se consideraba merecedor, resultaron insuficientes. Evidentemente puso su confianza en el dios equivocado. El verdadero Dios no responde a los méritos, sino que obra por gracia. A partir de allí, el pecado lo dominó, y Caín terminó volcando todo su malestar, resentimiento, e ira, contra aquel a quien tenía bien cerca: su hermano Abel, a quien termina asesinando.

Ahora bien, estimados hermanos y estimadas hermanas, lo que le sucedió a Caín no difiere demasiado de aquello que le sucede a muchísimas personas. Seducidas y engañadas por la posibilidad de aceptación social y prosperidad a cambio de sacrificios, multitudes de personas descubren que, tras muchos esfuerzos, el dios en quien depositaron su confianza, no les otorga lo prometido.

En nuestra sociedad, el así denominado reconocimiento social, la posibilidad de sentirse aceptado, aceptada, por los demás y las demás, es un bien que es ofrecido a un precio muy alto, y las posibilidades de acceder al mismo son cada vez más difíciles, e inciertas. De manera que el número de excluidos y excluidas va en aumento y nadie sabe, a ciencia cierta, cuándo le llegará el momento de quedarse afuera.

¿Qué les sucede a quienes hoy no consiguen encontrar su aprobación en medio de las duras condiciones y exigencias que le impone el dios mercado? ¿Qué ocurre cuando no existe ninguna posibilidad de acceder a los medios que permiten alcanzar la preciada aceptación social? ¿A dónde se dirige toda esa frustración, agotamiento, insatisfacción y resignación?

En medio de un clima enrarecido, un sector de la población ha comenzado a cargar sobre ciertos grupos sociales, étnicos o religiosos, en general vulnerables, la culpa por los males que padecen y la responsabilidad de las continuas postergaciones de las que se sienten víctimas. También lo hacen sobre la dirigencia política, sindical, social y cuando no, sobre la democracia misma. Es alarmante la aparición de discursos vacíos de análisis y argumentos, pero cargados de odio, discriminación, confrontación que se reproducen constantemente a través de muchos medios de comunicación.

Sin embargo, los cristianos sabemos bien que no hay odio que sea capaz de construir algo bueno. Por eso quienes hoy agitan la confrontación constantemente deberían recapacitar y deponer esa actitud si es que verdaderamente quieren ser parte en la construcción de sociedades donde haya justicia y paz.

Pero esta no es la única violencia presente en medio nuestro. También hay una violencia resultante de la desaparición y/o desconocimiento de cualquier tipo de límite. Las violencias presentes cotidianamente, evidencian alarmantes niveles de desapego respecto del otro, la otra. ¿Cómo explicar que se lleven un auto con un niño o niña adentro y después lo arrojen a la calle? ¿Cómo explicar que maten después de robar? ¿Cómo explicar la violencia femicida que se ejerce impunemente y sin ningún tipo de límite? ¿Cómo explicar que quienes deben cuidar de la ciudadanía terminen matando? Hay un desapego enorme, un desprecio por la vida que parece incrementarse día tras día.

Como señalé al comienzo, la frase “acaso soy yo guarda de mi hermano” está cada vez más presente. Y también lo está en el modelo económico hegemónico que a nivel global promueve, entre otras cosas, tipos de producción y niveles de consumo y acumulación de capital que, desconociendo cualquier tipo de límite, genera la aniquilación de vidas humanas, el ecosistema y la biodiversidad.

En medio de todo esto, la sangre de las víctimas clama al cielo pidiendo justicia (Génesis 4:10).

Nuestra sociedad necesita leyes claras que se cumplan y pongan un límite a todo tipo de violencia. Necesitamos que el Estado desarrolle políticas de seguridad y justicia que protejan a las mujeres y las niñas de la violencia femicida, a los vecinos y vecinas en las calles y en sus casas, a la ciudadanía ante cualquier tipo de exceso por parte de las fuerzas del orden público. Necesitamos que la justicia no se demore, porque cuando la justicia tarda en llegar, no siempre es justicia. También necesitamos leyes que regulen el mercado y limiten la explotación. Leyes que limiten y regulen el uso de agroquímicos, la producción transgénica y extractivista, el consumo energético desproporcionado, la acumulación ilimitada de capital y riquezas. Necesitamos de leyes que limiten, porque la falta de límites nos lleva inexorablemete a la disgregación social y a la aniquilación de cualquier posibilidad de una vida humana y ecológica.

Pero además de todo esto, es necesario que podamos encontrar un límite que nos ayude a recuperar la hospitalidad y el deseo de vivir en comunión, reconociendo la dignidad de todas las personas y también de la creación. Y esto es posible a través de una verdadera conversión.

Como cristianos protestantes, afirmamos que la ausencia de límites, la expansión ilimitada y totalizante, no es otra cosa que la manifestación más evidente del pecado humano (que nace en el corazón pero que se expande a lo largo de todas las obras humanas) que desea aniquilar a Dios y ocupar su lugar.

Solamente podemos ser liberados del pecado gracias a la justicia de la cruz, la que Cristo obró por nosotros y nosotras.

En la cruz, no solo se revela que Dios no es ajeno al sufrimiento del mundo, sino que está presente en medio de ellos. En la cruz, la sangre de las víctimas inocentes se convierte en juicio para los victimarios, condenando a quienes como Caín solo se afirman en sus obras y desconocen cualquier tipo de responsabilidad por la vida del hermano, de la hermana. Pero también se vuelve redención, oportunidad de vida nueva para quienes abrazan la cruz, abrazan a los crucificados y sus sufrimientos.

Estimados hermanos, estimadas hermanas: La sangre de las víctimas no solo clama al cielo pidiendo justicia, sino que además son un urgente llamado a la conversión, a que una y otra vez nos volvamos a esa cruz de nuestro Señor Jesucristo. Porque en ella y desde ella, hay para este mundo una oportunidad de recibir por gracia nueva vida y salvación. Porque nadie que se vuelva a la cruz de Cristo, la cargue y lo siga, podrá decir ¿Acaso soy yo guardián de mi hermano? La cruz se convierte en el límite que nos ayuda a poner fin a todas las expresiones de violencia y construir sociedades más humanas, hospitalarias y ecológicas.

Que nuestra Iglesia Evangélica del Río de la Plata, que todas y cada una de nuestras comunidades, seamos un instrumento de Dios al servicio del anuncio de la obra de Cristo, de la cruz que redime, a fin de que sean muchos y muchas quienes podamos encontrar en ella una nueva vida, más humana y ecológica, poniendo fin a tanta violencia. Que así sea. Amén.

Pastor Leonardo Schindler

Pastor presidente de la IERP (Iglesia Evangélica del Río de la Plata)

Carta pastoral. Buenos Aires, 22 de septiembre de 2020.

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