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Las historias más cortas escritas por el escritor y periodista colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014) no se encuentran ni en sus libros de cuentos ni en sus novelas sino en su trabajo periodístico, especialmente en los comentarios anónimos que redactó en la columna “Día a día” del diario El Espectador entre febrero de 1954 y junio de 1955.

El ganador del premio Nobel de Literatura 1982 tenía entonces 27 años y había llegado a la ciudad de Bogotá por invitación del poeta Álvaro Mutis. Cuando lo contrataron en el periódico, “Día a día” fue el primer espacio que le asignaron.

Se trataba de una columna en la página 4 del diario, justo al lado del editorial, en la que colaboraban otros periodistas prestigiosos como Guillermo Cano, Gonzalo González y Eduardo Zalamea Borda (“Ulises”).

Todos los textos de “Día a día” se publicaban sin firma. No obstante, gracias a las investigaciones del crítico literario francés Jacques Gilard fue posible rastrear aquellos que fueron escritos por García Márquez.

La brevedad que caracterizó a estas narraciones de García Márquez se debía, en parte, a que “sobraba” un espacio en el periódico que había que llenar. Eran, como sostuvo Gilard, “evocaciones o reflexiones sobre aspectos variados de la vida y del mundo”.

Por su estilo y la temática constituían una prolongación de los artículos que el joven periodista había publicado en El Universal de la ciudad de Cartagena y en las Jirafas de El Heraldo de la ciudad de Barranquilla.

Un gran número de estas historias breves ocurría en diferentes países del mundo, porque eran curiosas reescrituras de cables noticiosos que llegaban desde el extranjero y de los cuales García Márquez rescataba la anécdota más llamativa.

El Centro Gabo seleccionó algunas estas narraciones cortas que bien podrían leerse como cuentos o microrrelatos.

40.000 dólares de amor

Una extraña historia de amor a primera vista en Chicago. Se publicó 15 de noviembre de 1954.

Cuando acababa de guardar su locomotora, Joe Kogut recibió la noticia de que había heredado una fortuna y seguramente pensó con secreto optimismo que en su vida volvería a sacar la locomotora. Ni siquiera recordaba el nombre de su benefactora, una dama un poco alegre con quien tropezó en Chicago un día de elecciones, y con quien pasó la tarde, haciendo lo posible por manejarla tan bien como durante doce años había manejado a su locomotora. En realidad, para un maquinista de ferrocarril no debe de ser muy difícil entretener a esas damas tristes, afiliadas a los clubes de los corazones solitarios, que en las tardes electorales salen en busca de un partido mejor que los partidos políticos.

Para la dama, las cosas resultaron a las mil maravillas. Para Joe Kogut, aquello como que no fue nada más que una tarde electoral como cualquiera, pues volvió tranquilamente a sus paseítos en locomotora, en lugar de dedicarse a pasear espléndidamente en la cuenta bancaria de la dama. Ella le escribió versos. Unos versos nostálgicos y bien medidos, en los que seguramente se encontraba de vez en cuando una metáfora ferroviaria destinada a conmover el corazón del amado e indiferente maquinista.

Pero todo fue inútil. Joe Kogut siguió con su overol y sus enormes y ásperos guantes de cuero, arrastrando seres humanos hacia una ausencia con pasajes de ida y regreso, muy diferente de aquella ausencia sin retorno de que hablaba en sus versos su incidental amiga de la tarde electoral.

Fue ella –«en memoria de aquella tarde inolvidable»– quien le asignó en el testamento un último y desesperado poema de cuarenta mil dólares, precisamente en el momento en que el favorecido guardaba su locomotora. Allí fue donde comenzó su nostalgia. Su amarga nostalgia de otras muchas tardes electorales como aquella en que tropezó al azar con una desconocida, que fue para él como el número premiado de la lotería.

«Que la pongan presa»

Cuando la suerte no tiene moral. El sorpresivo azar en las vidas de un ladrón y un lotero en Buenaventura. Fue publicada el 26 de febrero de 1954.

Un ciudadano de Buenaventura se apoderó de una lancha sin autorización del propietario. Lo pusieron en la cárcel, como era apenas natural, porque se justifica judicialmente que un hombre haya perdido el empleo, pero no se justifica que junto con el empleo haya perdido la honradez. De manera que lo pusieron en la cárcel.

También en Buenaventura otro hombre perdió su empleo, pero en vez de apoderarse de una lancha se dedicó al progresista y honorable oficio de lorero. Hace dos días el honrado lotero se encontró con el aprehensor de lanchas ajenas, y éste adquirió con el dinero derivado de ilícito alquiler del vehículo la última fracción del lotero.

Si la fracción no hubiera resultado favorecida, esta sería una edificante historia moral. Pero ocurrió exactamente todo lo contrario. Total, el lotero se ganó cincuenta centavos y el presidiario diez mil pesos. Parece entonces como si en este enigmático episodio hubiera algo que no es enteramente correcto. Algo ante lo cual nada se puede hacer, como no sea poner a la suerte en la cárcel. Por abuso de confianza, tal vez.

El pobre Huseyin

Un hombre en Estambul al que su esposa amarra a la pata de la cama para que no salga de la casa en busca de otras mujeres. Se publicó el 20 de diciembre de 1954.

En Estambul hay un hombre amarrado a la pata de una cama. Se llama Huseyin Tchinar, tiene 75 años y un color muy definido. Se encuentra en esa difícil situación porque su corpulenta y paciente esposa agotó todos los recursos –desde la persuasión hasta la violencia– para evitar que Huseyin siguiera persiguiendo a las adolescentes por las calles de Estambul.

La policía, que no había previsto el caso, no sabe si tiene autoridad para obligar a la esposa de Huseyin a que lo suelte de la pata de la cama, porque en realidad se desconoce un medio más eficaz y menos ofensivo que ese, para que el alegre septuagenario no persiga por las calles a las muchachas de Estambul.

Aunque Huseyin no lo ha dicho, tal vez esté pensando que la fórmula no sería tan mala si a su mujer se le hubiera ocurrido amarrarlo a la pata de una cama que no fuera la de su propia casa. Pero la esposa de Huseyin, que sabe lo que hace, podría decir en defensa de su fórmula que lo más importante de ella no es lo que tiene de eficaz, sino lo que tiene de simbólico.

Puedes leer otros relatos similares aquí.  La foto inicial formó parte de la muestra «El año mágico de Gabriel Garcia Márquez en Buenos Aires, a 50 años de la publicación de Cien años de soledad» en la Sala Leopoldo Marechal, de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, organizada por el Ministerio de Cultura de la Nación.

César Dergarabedian

Soy periodista. Trabajo en medios de comunicación en Buenos Aires, Argentina, desde 1986. Especializado en tecnologías de la información y la comunicación. Analista en medios de comunicación social graduado en la Universidad del Salvador. Ganador de los premios Sadosky a la Inteligencia Argentina en las categorías de Investigación periodística y de Innovación Periodística, y del premio al Mejor Trabajo Periodístico en Seguridad Informática otorgado por la empresa ESET Latinoamérica. Coautor del libro "Historias de San Luis Digital" junto a Andrea Catalano.

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