50 años, 50 amigos: Verónica Aduriz y Jorge Araujo

«Cesarito, siempre puntual». Al escuchar esa afirmación cariñosa me di vuelta sabiendo con quién me iba a encontrar. Allí estaba de pie Jorge Araujo, el hombre de más de 50 años que sigue luciendo joven como hace unas tres décadas cuando nos conocimos en la Universidad del Salvador.

Jorge es una de las pocas personas que me llaman por mi nombre en diminutivo, una costumbre que se mantiene entre un par de parientes para diferenciarme de mi tío homónimo, fallecido en el año 2000.

Faltaban algunos minutos para las 19.00 del 30 de agosto de 2014. Mientras esperábamos que uno de los pocos y sobrepasados mozos de la confitería de la librería El Ateneo Grand Splendid nos indicara una mesa libre, felicité a Jorge por la elección del lugar para reunirnos por mis 50 años.

La librería es uno de los lugares más famosos de Buenos Aires en todo el mundo, un ex cine y teatro inaugurado en 1919 y que este siglo fue convertido en una sucursal de la cadena El Ateneo.

Jorge, uno de los 50 amigos con los cuales elegí celebrar mis 50 años en reuniones por separado (más información sobre esta idea aquí), me había propuesto alterar la consigna original.

La idea consiste en que mi invitado elija uno de los bares notables de Buenos Aires para encontrarnos. Pero Jorge había seleccionado este lugar, que no está entre los cafés históricos y representativos de Buenos Aires, pero que fue elegido en 2008 por el diario británico The Guardian como la segunda librería más hermosa del mundo.

Nos sentamos y a las 19.10 llegó la otra invitada, Verónica Aduriz. Al igual que Jorge, sigue luciendo joven con una mirada que no pierde brillo y atractivo, pese a que se acerca a los 50 años como yo. Su voz frágil y su altura menuda esconden a una mujer dulce y de convicciones firmes.

Jorge (fotógrafo publicitario de extensa trayectoria) y Verónica (analista en medios de comunicación, diseñadora gráfica y técnica superior en psicología social), compartieron conmigo años decisivos de mi vida.

Juntos cursamos la carrera de comunicación social en la Universidad del Salvador (Usal), entre 1983 y 1985. Fueron años intensos y de crecimiento intelectual y emocional, en la ex sede de la Usal en la avenida Callao 966, a pocos metros de la librería, y en viajes por trabajos prácticos y de vacaciones, y tardes y noches de estudio en nuestras casas y de otros compañeros.

Acompañados por tres cafés cortados, porciones de lemon pie y torta Rogel y cuadraditos dulces de manzana, durante casi cuatro horas los tres saltamos, como pulgas, de tema en tema y de recuerdo en recuerdo. Lecturas y músicas, anécdotas de los tiempos de estudio y otros temas orlaron una hermosa reunión.

 

En medio de la charla, matizada por risas tranquilas, Verónica extrajo de su cartera una decena de hojas blancas tamaño oficio y me las entregó. Eran fotocopias de un trabajo práctico con una propuesta de comunicación para una villa miseria, mecanografiadas en una máquina de escribir Olivetti en el estudio de arquitectura de mi tío Guillermo Dergarabedian, donde trabajé mientras estudié en la Usal, y donde varias veces nos reunimos los tres para hacer trabajos prácticos.

Verónica me obsequió la copia, una manera de reparar la pérdida de mi archivo personal por una inundación en diciembre de 2012.

Cuando se acercaba la hora de cierre de la confitería, pagué y nos levantamos para recorrer la librería.

Como buenos compinches que fuimos durante la universidad, nos miramos sorprendidos y divertidos cuando vimos el espectáculo que nos esperaba a la salida.

En la vereda de la avenida Santa Fe al 1800, había una fila de decena de carpas de camping, con algunas mujeres jóvenes y otras no tanto, que se guarecían de la lluvia debajo de las telas plásticas.

Pregunté al guardia de la librería quiénes eran y por qué estaban ahí. Me respondió que eran fanáticas del cantante puertorriqueño Chayanne. Las mujeres estaban desde el viernes por la tarde con sus carpas y esperaban ser las primeras cuando Chayanne llegaría el martes para firmar autógrafos de su último disco.

Llevé la explicación del espectáculo a Jorge y Verónica y nos reímos para alejar la tentación del lamento por el cuadro paradójico de una fila de fanáticas para ser las primeras en tener una foto y un autógrafo de un cantante romántico en la librería más famosa de Buenos Aires.

Las risas me recordaron algunas cosas que no se pierden con los años, como, por ejemplo, la complicidad con mis dos mejores y más queridos compañeros de la universidad.

Un comentario sobre “50 años, 50 amigos: Verónica Aduriz y Jorge Araujo”

  1. César!! qué alegría me da haberte conocido y reencontrado! Comparto cada palabra que decís, de lo que significaron esos tiempos compartidos y la complicidad actual y vigente. Espero que sigamos atesorando buenos encuentros. Abrazo

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