El bolso pródigo de Berlín

Nota de R.: la siguiente crónica fue publicada originalmente en este blog. Hoy, a cinco años exactos de la noche de esta historia, la comparto en este sitio con algunas fotos de este increíble episodio.

Una situación singular protagonizó la noche del 26 al 27 de febrero de 2010 en Berlín, la capital de Alemania, un «bolso pródigo».

El adjetivo se refiere a la parábola del hijo pródigo, relatada en el Evangelio de Lucas, aunque también podría llamarse la historia del «turista apurado».

El viernes 26 de febrero tomé en la ciudad catalana de Barcelona un vuelo de la aerolínea EasyJet hacia Berlín.

El avión despegó con tres horas de demora, por culpa de una huelga de los controladores de vuelo franceses que había descompaginado el sistema aéreo europeo.

Había despachado mi valija en Barcelona y llevaba conmigo un bolso negro, que aparece en la foto en el inicio de esta nota.

De color negro y acolchado, me lo había regalado el año anterior mi amiga Clarisa Herrera Lafaille en una conferencia de prensa de la empresa Technisys en Buenos Aires.

Llevaba el dinero en efectivo, documentos personales y tarjetas de crédito en mi campera de invierno.

En el bolso iban una netbook Dell Inspiron 1012 que me había prestado ese fabricante para evaluarla; una videocámara digital Kodak; cargadores del teléfono móvil, de la netbook y de una cámara de fotos Olympus también prestada (que llevaba al cinturón); cables y adaptadores varios; memorias USB; libros y folletos sobre Berlín; copias impresas de las reservas de mis hospedajes en Alemania; una vital agenda personal en papel; un cuaderno para anotar ideas y proyectos; la llave de mi valija; y mi credencial de prensa para participar en la feria tecnológica CeBIT, en la ciudad alemana de Hannover, entre el 2 y el 6 de marzo.

A Berlín iba por vacaciones. Nunca había estado allí. En cambio, ya conocía Hannover.

El avión aterrizó en Schoenefeld, uno de los dos aeropuertos de la capital alemana. Descendí con el bolso colgado en mi hombro derecho, recogí la valija y caminé hacia la estación ferroviaria. El trayecto de 500 metros era bajo techo pero al exterior, con una temperatura de apenas 2º.

En la estación confluyen, en andenes diferentes, tres líneas de trenes de suburbios (los S-Bahn) y otra línea de ferrocarriles rápidos que van del aeropuerto al centro de la ciudad.

La diferencia entre ambos servicios es que los trenes rápidos llegan, como resulta obvio, casi 20 minutos antes que los otros. Pero no conocía de antemano este dato.

Compré el boleto en una de las máquinas tickeadoras. En Alemania sólo hay boleterías atendidas por personas en las estaciones principales y para los trenes regionales e internacionales.

A las 21.50 subí al andén donde estaba detenido un convoy de la línea 9 del S-Bahn, que me dejaría a una cuadra de mi hotel.

Al mismo vagón que ingresé yo, ascendió una pareja de españoles, Raquel Prat y Sergio Gómez, quienes también provenían de Barcelona en el mismo vuelo que el mío.

El tren salía a las 22.00. Dejé el pesado bolso a mi lado en un asiento. Estaba cansado de llevarlo al hombro un largo rato desde la salida del avión hasta el tren. La valija iba parada a un costado.

Tren de la línea 9 de los S-Bahn en la estación Friedrichstrasse, en Berlín, Alemania.

Escuché a la pareja de españoles que hablaba con un compatriota radicado en Berlín, quien les recomendaba tomar el tren rápido, que también partía a las 22.00, pero desde otro andén.

La pareja se acercó y me pasó el dato. Teníamos apenas cinco minutos para arrastrar nuestros equipajes, comprar nuevos boletos y subir al tren rápido.

Salimos los tres, junto a otro español que también había escuchado la conversación en el tren de la línea 9, cuando el ferrocarril rápido llegaba a la estación.

¿Qué hacer? ¿Sacar el boleto pero a riesgo de perder el tren? ¿O arriesgarse a una multa de unos 50 euros por viajar sin boleto?

Agotados por las tres horas de demora e incertidumbre en Barcelona, el viaje y la noche helada en Berlín, los cuatro no dudamos y subimos a las 21.58 al tren rápido, de dos pisos, sin sacar los boletos.

Tren rápido que une el aeropuerto de Schoenefeld con el centro de Berlín.

Sentados en asientos enfrentados, los españoles y yo compartíamos nuestras esperanzas de que no hubiera ningún controlador a bordo del tren.

De repente, percibí que me faltaba algo. «¡Mi bolso!», exclamé. No estaba a mi lado, no lo llevaba colgado al hombro. ¿Dónde estaba? En seguida recordé todo lo que contenía: la netbook prestada, mi videocámara, los cargadores, la agenda, los papeles…

Mientras revisaba nervioso el vagón, donde había otros pasajeros, los españoles me preguntaron qué me ocurría. «Mi bolso, no lo encuentro», respondí.

«¿No lo dejasteis en el otro tren?», me replicaron. «Creo que sí», dije, con una cara que estaba más blanca que la nieve que había afuera de la estación. En ese momento se cerraron las puertas del vagón…

Mientras el alma se me iba al piso al darme cuenta del olvido provocado por mi apuro, el tren comenzó a andar.

¿Y ahora? ¿Qué hacía? El otro tren, donde estaba mi bolso, también había partido, aunque el convoy donde yo viajaba lo dejó atrás rápidamente.

Acompañado por Sergio comencé a buscar por todo el tren a un boletero, un controlador, alguien que pudiera avisar por teléfono o radio al otro tren sobre mi bolso. Pero no encontramos a nadie.

Tampoco hallamos un cartel con un número de teléfono adonde hacer llamadas de emergencia o denuncia de problemas.

La cabeza me daba vueltas. El desasosiego era profundo. Mis vacaciones, que hasta ese momento habían sido de 9 puntos sobre 10, se transformaban en una pesadilla…

Era de noche y bastante tarde para las costumbres alemanas, en una ciudad grande y desconocida, en un país donde se habla un idioma que no entendía ni entiendo.

Compartí a los españoles mi idea de ir hasta la estación terminal del tren rápido y denunciar allí el extravío. Pero ellos me replicaron:

«No, sería demasiado tarde, tenéis que descender en la primera estación donde pare este tren y hablar con el oficial de la estación y que éste llame al tren de la línea 9 y advierta sobre el bolso. Cuanto antes hagáis la denuncia, mejor»,

Este último argumento me convenció. Descendí entonces en la primera estación donde se detuvo el tren rápido.

Al despedirse , los españoles, que seguían el viaje al centro de Berlín, me recordaron: «Estáis en Alemania, quizás tengas suerte».

Pero cuando detrás mío se cerraron las puertas del tren rápido y quedé con mi valija, el desasosiego se profundizó. La estación estaba vacía, desolada.

Alcancé a ver unos 20 metros delante mío a un joven que también se había bajado del mismo tren en el que yo había viajado.

Corriendo con una valija que pesaba más de 12 kilogramos exclamé para llamar la atención del joven.

Con un vaso de cerveza en la mano (el 90% del centenar de jóvenes alemanes que vi esa noche tomaban cerveza en cantidades industriales), el hombre se dio vuelta, y se detuvo para escuchar mi relato en un pobre inglés.

El alemán, en un inglés todavía más básico (si el mío era nivel de Tarzán, el de él era de Chita…), dijo, por supuesto, que no hablaba inglés y me sugirió esperar el tren de cercanías que llegaba en otro andén en esa estación y que me llevaría al centro de la ciudad.

Quedé solo en la estación, llamada Karlshorst, donde comenzó a caer aguanieve.

Recorrí los andenes buscando algún oficial, boletero, controlador, alguien ante quien hacer la denuncia. Comprobé que las estaciones ferroviarias secundarias alemanas son auto suficientes de humanos, no había nadie que me pudiera dar una respuesta.

Mientras caminaba, pedía a Dios que obrara un milagro, que cuidara el bolso y su contenido y que lo pudiera encontrar.

A las 22.15 llegó un tren de cercanías. Confundido y ganado por la ansiedad, creí que era el convoy donde iba mi bolso.

Subí desesperado y empecé a recorrerlo, cuando me percaté que no era el tren de la línea 9 si no uno de la línea 3.

Me bajé en la estación siguiente, Rummelsburg. La única persona que estaba en el andén era una anciana muy abrigada, quien se alejaba luego de despedir a un pasajero.

La mujer se detuvo al escucharme y me aclaró gentilmente que no hablaba inglés pero que igual trataría de entenderme.

Una vez que escuchó mi explicación en inglés, me sugirió por señas y hablándome muy despacio en alemán, que fuera a la estación Ostbanhof, la principal de la ex Berlín oriental, donde hay una oficina de reclamos.

A las 23.00 descendí en la Ostbanhof y encontré en el hall central de la estación la oficina de informes y reclamos.

Apenas empecé a explicar mi historia, la rolliza empleada que estaba detrás del mostrador me entregó un formulario de denuncia de extravío de equipaje, escrito en alemán e inglés.

Completé el formulario y se lo devolví. La empleada me dijo que no hablaba inglés pero luego de una conversación por teléfono me indicó que fuera al andén 8, donde el jefe de esa plataforma hablaba inglés.

Formulario de denuncia de extravío. Mi letra denota cierto nerviosismo…

Siempre con mi valija a cuestas me dirigí al lugar indicado, con un poquito más de confianza. «Por lo menos hay un lucecita de esperanza», me auto alentaba.

El oficial del andén 8 leyó mi formulario de denuncia, le sacó una copia, de inmediato hizo un par de llamados y luego me explicó en inglés:

«Hablé con el jefe de la línea 9, no tiene reportado ningún bolso extraviado. También hablé con la policía y les informé de su caso».

Aunque su respuesta no me despejaba el negro panorama, me dio alguna tranquilidad.

Me entregó una tarjeta de los trenes alemanes y me dijo que debería llamar al día siguiente a partir de las 10.00. En la tarjeta estaban los datos de la oficina de reclamos de los ferrocarriles en Berlín.

Tarjeta de oficina de extravíos de equipaje en los trenes alemanes.

El hombre, muy gentil y correcto, como todos los alemanes que me escucharon aquella noche, me indicó cómo ir en tren al hotel Meliá.

A las 23.40 ingresé al hotel, en la esquina de la avenida Friedrichstrasse y el río Spree, en el centro de Berlín, con mi valija pero sin mi bolso. En mi cabeza continuaba la pesadilla.

Un conserje alemán, llamado Bruno Lantz, hablaba un perfecto español y escuchó mi relato, que por primera vez podía desarrollarlo en castellano, en un tono parco que trataba de ocultar mi desánimo.

Lantz me pidió el formulario de la denuncia, lo fotocopió, y me recordó que estaba en Alemania y que la gente solía devolver equipajes extraviados.

Para completar el cuadro, me dí cuenta en la recepción del hotel que la llave del candado de la valija estaba en… el bolso extraviado.

El conserje me recomendó esperar hasta las 8.00 del sábado para que unos técnicos del hotel fueran a mi habitación y lo pudieran abrir sin necesidad de romper la valija.

Entré a la habitación y enseguida consulté por teléfono al conserje cómo llamar a Buenos Aires. Necesitaba hablar con Cristina, mi esposa.

Luego de explicarme cómo hacerlo, me advirtió que sería una comunicación «muy costosa» (tuvo razón, un minuto y medio me costó 37 euros…), aunque comprendió mi necesidad y urgencia.

Encontré, a las 0.10 del sábado en Berlín, a Cristina en un tren porteño cuando volvía a nuestra casa luego de su trabajo. A las 20.10 de Buenos Aires escuchó a más de 12.000 kilómetros de distancia mi relato, sucinto y en tono neutro, y mi pedido de intercesión.

Luego me desvestí, rogué por última vez a Dios por mi bolso y me acosté.

A las 0.30, sonó el teléfono de la habitación. Y no era un sueño: era el conserje quien, con una voz que no podía contener su sorpresa, me informó:

«Acaban de llamar dos jóvenes, dicen que encontraron su bolso en un tren, están en la estación Treptower Park, esto está lejos de aquí, dicen que lo pueden esperar si va allá a buscarlo».

¿Cómo habían dado conmigo en el hotel?, le pregunté mientras trataba de comprobar que no era un sueño. «Llamaron a la policía, que les confirmó que había una denuncia de extravío, y además en el bolso encontraron su reserva impresa», me explicó el conserje.

Enseguida Lantz se encargó de conseguirme un taxista, de confianza del hotel, para ir a buscar el bolso.

Me vestí a las apuradas dando gracias a Dios aunque me carcomía la ansiedad: ¿Cómo encontraría el bolso?

El conserje me presentó al taxista y me dijo que el chófer ya tenía el celular de uno de los dos jóvenes para comunicarse con ellos cuando estuviéramos cerca de la estación.

Pese a la situación, disfruté del imprevisto paseo nocturno por la ex Berlín oriental hasta que llegamos a un parque vecino a la estación donde el taxista detuvo el auto. No había nadie en los alrededores bien iluminados de la estación.

El chófer, que sabía tres palabras de inglés («cash» y «credit card») buscó con su mirada a los jóvenes. No aparecían. Los llamó por su teléfono móvil varias veces pero sin resultado.

De repente, por detrás del taxi aparecieron dos hombres veinteañeros, vestidos de sport y con camperas, uno de ellos de bigote y ojos oscuros que llevaba mi bolso colgado delante de él en vez de colocarlo en sus espaldas.

«Are you Caesar?», me preguntó el joven que llevaba el bolso, con una leve sonrisa. Bajé del taxi y me presenté, mientras miraba sin creer al bolso, agarrándome la cabeza con las manos. Les mostré mi pasaporte para que chequearan mi identidad y me entregaron el equipaje extraviado .

Ambos me explicaron, en un inglés mejor que el mío (algo nada difícil, por cierto…), que habían visto al bolso en un asiento en un tren de la línea 9, y que lo tomaron cuando se bajaron en la estación del parque.

Llamaron a la policía para averiguar si había una denuncia de extravío de equipaje y avisar que lo habían encontrado.

Revisaron el bolso por si había algún papel con datos para ubicarme y encontraron la reserva impresa de mi estadía en el hotel. Llamaron entonces al Meliá para avisar el hallazgo y acordar la devolución.

Mientras me contaban su historia, abrí el bolso y comprobé que estaban la netbook y la videocámara y la agenda. En mi boca se atropellaban las palabras de agradecimiento en inglés…

Les entregué algunas tarjetas personales exhortándoles a que se comunicaran conmigo por si alguna vez viajaban a la Argentina.

También les dí una propina en un sobre cerrado, por temor a que no me la aceptaran. Ante mi consulta, el conserje me había recomendado entregarla de esa manera para evitar sospechas. El monto de la gratificación equivalía al 10 por ciento del valor total estimado del contenido del equipaje.

Los muchachos, sencillos y correctos, agradecieron sin abrir el sobre y se despidieron sonrientes, con la satisfacción del deber cumplido.

En el viaje de vuelta al hotel revisé minuciosamente el bolso. ¡No faltaba nada y estaba todo tal cual lo había dejado y ordenado!

El bolso en la habitación del hotel Meliá de Berlín. Al costado, una copia del formulario de denuncia de extravío.

Avisé la recuperación a través de un mensaje corto de texto (SMS) a Cristina desde mi celular, y a las 2.00 de la madrugada me fui a dormir, dando gracias a Dios porque seguía haciendo milagros.

Al día siguiente, cerca del mediodía, en la Puerta de Brandeburgo, me encontré de casualidad con Raquel y Sergio, la pareja española del aeropuerto.

«¿Y el bolso?», me preguntaron. Les respondí dándoles la espalda y mostrándoselos colgado sobre mis hombros. Los tres nos largamos a reír ante la sorpresa de los turistas que nos rodeaban.

2 comentarios sobre “El bolso pródigo de Berlín”

  1. ana dergarabedian Realmente Cesar una anécdota facinante me imagino tu desazon, pero yo estaba segura que el bolso lo ibas a encontrar Muy bien relatado y yo estaba expectante de llegar al final era como si fuera a mi que me estaba pasando Me imagino el alivio y alegría cuando encontraste el bolso. Una anécdota para no olvidar bsos. ana

    1. César Dergarabedian – Buenos Aires, Argentina – Soy periodista. Trabajo en medios de comunicación en Buenos Aires, Argentina, desde 1986. Especializado en tecnologías de la información y la comunicación. Analista en medios de comunicación social graduado en la Universidad del Salvador, soy ganador del premio Sadosky a la Inteligencia Argentina en las categorías de Investigación periodística y de Innovación Periodística y del premio al Mejor Trabajo Periodístico en Seguridad Informática otorgado por la empresa ESET Latinoamérica. Fui tallerista y prejurado de concursos de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, de Gabriel García Márquez. Coautor del libro "Historias de San Luis Digital" junto a Andrea Catalano. Más información en https://bahiacesar.com/acerca-de/
      cesardergarabedian dice:

      ¡Muchas gracias, Ana! Sí, es cómo vos decís, pasé por todo eso. Besos.

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