Un gato trabaja como director general ejecutivo (CEO, sigla en inglés) de un hotel en la ciudad estadounidense de San Francisco.
¿Suena exagerado? Para quienes fuimos huéspedes del Golden Gate Hotel, en la calle Bush 777, a unos 350 metros de la plaza Unión de la hermosa ciudad californiana, la definición resulta acertada.
Pip recibe a los pasajeros en la recepción de este pequeño hotel de cuatro plantas, que ocupa un edificio antiguo, con un ascensor anciano y que funciona bajo la modalidad «bed and breakfast» (cama y desayuno).
Es habitual verlo en el mostrador donde se entregan las llaves.
Algunas veces se para en una hoja plastificada donde se explica cómo se sienten los felinos de acuerdo a sus posturas.
Por supuesto, Pip acompaña en el desayuno, pero como buen anfitrión no es ni pesado ni cargoso en reclamar algo de comida.
Pip, a quien rara vez se lo escucha maullar, es tan omnipresente que figura en la papelería del hotel.
Conocí a Pip en febrero de 2013, cuando me hospedé por primera vez en este hotel, por recomendación de mi amigo y colega Guillermo Tomoyose.
En mayo de 2017 me reencontré con este singular ejecutivo hotelero. Las fotografías que ilustran esta nota fueron tomadas durante esta última estadía.
Pip corporiza de manera perfecta la siguiente poesía, «A un gato«, del escritor argentino Jorge Luis Borges, un hombre que amaba a estos animales:
No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.